Closeup on hand of stressed woman sitting on divan

“Cualquier cosa que una persona mencione, cualquier frase dicha, desde un simple comentario, aparentemente inocente, hasta un pensamiento filosófico profundo, reúne dos condiciones: es la manifestación de un pensamiento, pero también la inevitable expresión de una emoción”

Esta frase, que pareciera ser de Freud es en realidad del escritor James  Joyce. Freud no estaba equivocado al escribir que existen un sinnúmero de hechos humanos que la ciencia no puede aprehender y que sólo logran transmitir los poetas y escritores.

Cuántas veces no nos sentimos coagulados de un sentimiento que no podemos dilucidar sino sólo a jirones, que nos invade y nos sobrecoge, nos desborda. No podemos pensar, sólo actuar, sólo dejarnos ir. Cuántas veces no vemos como nuestros pacientes llegan con costras de emociones que tapan antiguas heridas y que debemos ir despegando poco a poco, cuidando y acompañando al dolor que se va destapando.

En la clínica psicoanalítica lo encontramos mucho: las emociones se aglutinan, no se comprenden, no se explican.

Cuando algo está demasiado cerca no se puede ver, no se puede entender. Si a un pez le preguntásemos que qué ve diría que algas, piedras, corales, otros peces… Jamás contestaría que agua. Está tan cerca a él que no la puede ver, no la puede diferenciar.

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Ese es uno de los propósitos del libro “Cómo entender las emociones” De Luz María Peniche Soto. Que los padres puedan diferenciar sus propias emociones, tomar un poco de distancia para poder entenderlas y no actuarlas. Pues, como bien explica Luz María, un progenitor que no comprende lo propio no podrá comprender con facilidad a su hijo o hija. Desde ahí me parece atinado el escrito, pues la autora sostiene una postura en la que el trabajo debe comenzar con uno mismo como padre o madre, para después poder comprender y sostener a los hijos, sin tantos “enganches” destructivos que suelen darse en las familias.

La labor de los padres se asemeja a la de los psicoanalistas: implica descifrar, traducir, nombrar,  interpretar… Recuerdo como si fuera ayer una noche en la que mis padres me obligaron a acompañarlos a una cena porque no tenían con quién dejarme, yo era muy pequeña. Estaba yo insoportable, incómoda, no me hallaba, refunfuñona y corajuda. De pronto mi mamá me dice “Ay m´hijita, lo que pasa es que tienes sueño.” Me quedé quieta, me di cuenta que era cierto y caí dormida en sus piernas.”

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Un paciente mío de 35 años, un escritor sensible e inteligente, una sesión me describía su casa de pequeño: El papá con una cerveza viendo la tv en la sala, la mamá en su recámara, la casa oscura, desordenada y sucia. El silencio y el aire denso predominaban.

Yo le señaló “parece un ambiente muy depresivo”

El paciente se sorprendió muchísimo, jamás se había percatado. ¿Cómo le explicas a un pez lo que es el agua?

Aquí dejo estas líneas enfatizando, como siempre, lo necesario que es escucharse y verse a partir de un otro, profesional y neutro, que pueda transfigurar lo propio.

 

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