En semanas anteriores, en este portal, vimos la dificultad para redondear un pensamiento y así ponerlo en forma clara a disposición del receptor, y la dificultad de este para entender aquello que queremos comunicar. No obstante, también es cierto que comunicamos mucho más de lo que deseamos. No sólo transmitimos información de quiénes somos, o cómo deseamos proyectarnos, a través de nuestra forma de vestir, nuestros artículos personales, la forma en que hablamos (tanto el vocabulario que elegimos como la “prosodia” o “musicalidad” de nuestra manera particular de pronunciar el idioma que usamos). Así también el tono, la velocidad, el ritmo y las pausas de nuestra habla nos delatan.

A lo anterior le sumamos los gestos, sobre todo aquellos inadvertidos que nuestra cara y todo nuestro cuerpo manifiesta en microsegundos y que transmiten una impresión tan penetrante como fugaz. No es lo mismo caminar mirando al piso y arrastrando los pies que caminar con prisa y mirando a cada rato por encima del hombro. El primer individuo es descrito como un depresivo y el segundo como un suspicaz.

Para el antropólogo social Edward T. Hall, el 60% de nuestras comunicaciones no son verbales por lo que lo que “decimos” es sólo la punta del iceberg. Mario Pei, calcula que podemos producir alrededor de 700,000 signos físicos diferentes. Parece asombroso, pero más aún cuando pensamos que, según otro estudioso, Birdwhistell, sólo la cara puede producir por sí misma 250,000 expresiones distintas.

Según el experto Carlos Salinas, apenas se llevan catalogados unos 5,000 gestos definidos y unas 1,000 posturas distintas por lo que aún queda un campo amplio para la investigación científica. Las excepciones son mucho más numerosas que las reglas que hasta el momento se pueden enunciar. Según cuentan los criminólogos, de todo contacto siempre queda una huella, y se podría decir que no hay comunicación humana en que no se diga más de lo que se quiere decir aunque no nos demos cuenta.

También te puede interesar:  ¿Cómo funciona la psicoterapia en los niños?

Nos limitamos a recibir una impresión global que casi siempre es suficiente… para no entendernos mucho”, dice Salinas.

Los psicoanalistas conocemos el valor de lo que NO se dice. Desde la primera llamada que nos realiza el futuro paciente comenzamos a formarnos una imagen, no sólo por el contenido de lo que dice, sino por la forma, la disposición, el tono. Si el futuro paciente llama mientras estoy en otra sesión y no para de hablar, sin consideración a la posibilidad de estarme interrumpiendo, me hago una hipótesis sobre su problemática. Si no acepta ninguno de los horarios que le propongo porque siempre tiene algo más importante, también me puedo dar una imagen de sus dificultades.

¿Llegará puntual, antes de tiempo, o 30 minutos tarde? ¿Me saludará de mano, de beso, me hablará de usted o de tú? Me voy a fijar en cómo camina, cómo se sienta, su postura, su forma de mirarme, sus pausas y lapsus. Me importará cuando él mismo se interrumpa y frene su discurso para cambiar de tema. Si llora con los temas tristes o los cuenta “como si nada”. En fin, todo arroja datos de importancia.

Hace poco llegó un paciente joven y se sentó en mi sillón cruzando sus dedos atrás de la cabeza, echando esta hacia atrás y dejando al descubierto su pecho, botándolo hacia adelante. Un poco como si estuviera tomando el sol con una piña colada en Acapulco. Con la pierna cruzada sobre su rodilla, me miraba, sonriendo, como si me dijera con el cuerpo: “Nada de lo que tú me digas aquí me podrá lastimar, estoy abierto ante ti porque no tengo nada que ocultar y no te tengo miedo”. Era evidentemente una actitud defensiva.

También te puede interesar:  ¿Por qué los padres de los adolescentes entran en crisis?

El análisis prosiguió, y salió material delicado y triste. Mi paciente ya no se sienta así, tan ufano, sino que se hunde un poquito en el sillón, para protegerse, y se sostiene la cabeza con la mano, cargando sus pesares.

Charles Sanders Peirce (1839-1914) filósofo, lógico y científico estadounidense,  considerado el fundador del pragmatismo y el padre de la semiótica moderna, acuñó el término de ABDUCCIÓN (en línea con la Deducción y la Inducción) para explicar las hipótesis que realiza nuestra mente en forma no consciente a partir de datos que registramos, también en forma no consciente.

Esto es, detectamos la comunicación no verbal del otro (no sabemos conscientemente que la hemos registrado) y a partir de estos datos nuestro cerebro (a partir de nuestra experiencia pasada) realiza una hipótesis. Así decimos “esta persona no me late” y parecería que es una intuición mientras que en verdad es un proceso mental en pleno derecho.

Para ilustrar esto les recomiendo un programa de televisión llamado “Lie to me” (Miénteme) acerca de un criminólogo que resuelve investigaciones a partir de la comprensión del lenguaje no verbal.

Comentarios