Por: Paola López Yrigoyen

Mañana será el último debate entre Joe Biden y Donald Trump. A principios de este mes, un comité de demócratas presentó en el Congreso una investigación que documenta las tácticas anticompetitivas y monopólicas de Google, Amazon, Apple y Facebook. No sé si esto será tema en el debate, pero esta investigación arroja una interrogante perenne de las democracias: socialmente, ¿qué fallas preferimos? ¿Las del mercado? O, ¿las del Estado? Lo mismo pero “en positivo”: ¿Quién preferimos que tenga más poder de decisión? ¿El mercado? O, ¿el Estado?

En 2017, Google tenía una participación en el mercado de publicidad y búsqueda digital del 88%. Facebook (incluye Instagram, WhatsApp y Messenger porque las compró) tenía un 77% del mercado de redes sociales (NY Times). Amazon es la mayor empresa de comercio electrónico: cuadriplica el volumen de su mayor competencia, Alibaba (Forbes). Mientras que Apple goza de un lugar también preponderante en la venta digital de entretenimiento (música y apps principalmente), a través de App Store. Google, Facebook, y Amazon califican teóricamente como monopolios, y Apple aunque tiene un poder de mercado más matizado que las otras tres, tiene al igual que ellas, poder suficiente para imponer las reglas del mercado en el que operan y avasallar o eliminar a sus competidores.



En cualquier Estado-nación democrático, el Estado como ente regulador y cobrador de impuestos tiene un poderío económico muy superior al de la mayoría de sus votantes. Sin embargo, el capital económico público, siempre ha sido menor que el capital económico privado (Piketty). No obstante, la cicatriz histórica que dejó la URSS como régimen socialista totalitario es un recuerdo latente del peligro de un Estado con absoluto poder político y económico.

Económicamente hablando de extremos, por un lado, un mercado con mayor poder de decisión (menos regulado) eventualmente deriva en monopolios y en una sociedad cada vez más desigual, en donde cada vez menos personas amasan cada vez más recursos. Niveles altos de desigualdad económica derivan en pobreza creciente y no precisamente se genera más riqueza, ya que amplios sectores de la sociedad (¿minorías?) quedan excluidos del derecho a generar riqueza por carencias básicas en salud, educación, y bienestar. Mientras que, por el otro, un Estado con mayor poder decisión (más regulador) representa mayores costos de entrada para los negocios, y no precisamente hay más igualdad, ya que el regulador puede corromperse y expandirse, en detrimento de la sociedad (¿gobierno rico y pueblo pobre?)

Simplificando demasiado, creo que el ejercicio democrático es, a grandes rasgos, un estire y afloje multidimensional entre estas dos posturas extremas, cada una con grandes desventajas. Este estire y afloje da para una gran gama argumentativa que crea indecisión a la hora de votar; esa indecisión característica en una democracia que tendría que aflorar en un debate. Si silencian el micrófono de Trump (como ya han dicho lxs organizadorxs), ojalá toquen este tema.

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