Santos Ratones

—Abuela, ¿me das permiso de ir a la casa de Juancho? –pregunté emocionado.

—¿A esta hora?, ¿Qué no se le hace muy tarde para andar de jacalero? –preguntó.

—Ándale abuela –supliqué- es que van a tatemar elotes y vamos a contar historias de aparecidos, además es viernes y mañana no hay escuela.

—¿Y ahí van a estar los papás de este muchachito ? –me cuestionó- no me gusta que anden jugando con lumbre ustedes solos.

—No abuela, como crees, si ahí van a estar sus papás –aseguré sin saber y solo para que me dejaran ir.

—Bueno, pero con mucho cuidado, no te vengas muy noche –me dijo la abuela.

Esos eran otros tiempos, salíamos a jugar quemados y a las escondidas a la luz de la luna, nos juntábamos a jugar los viernes por la noche, al cabo al día siguiente no había clases, pero hoy tocaba contar historias de parecidos con fogata y elotes tatemados de por medio, y eso no me lo pensaba perder por nada del mundo.

Unos minutos después ya estaba en casa de Juancho, llegué y toqué el barandal con una piedrita para hacerme presenta.

—Pst, pst –escuché un chistido cerca- eit, pst, eit –escuché de nuevo.

Volteé lentamente a ver de dónde me llamaban, cuando distinguí aliviado entre las hojas de unos arbustos a Juancho.

—Ora tú, que te traes? –le pregunté.

Juancho me hizo señas para que me callara y me acercara hasta donde estaba, lo hice.

—Pos que traes, ¿por qué estás escondido? – le dije-

—¡Cállate menso que nos cachan! –murmuró- sígueme por acá-

Lo seguí sin chistar como ratón al flautista de Hamelín.

Pues con la novedad que no era en la casa de Juancho donde nos íbamos a reunir, y por obvias razones, lo papás de él no estarían presentes como le había dicho a la abuela.

—Ora, ¿pos no que iba a ser en tu casa? –le pregunté mientras caminábamos a un lado del canal viejo -¿A dónde vamos?

—Pos vamos a hacerlo más emocionante, vamos a contar las historias de aparecidos al panteón –me dijo emocionado.

—¿Y los elotes tatemados? –pregunté pasando saliva.

—Américo va a llevar unos melones y Pepe lleva pan de piloncillo que hizo su mamá hoy.

—No, pos yo la mera verdad de lo que tenía ganas era de elotes –dije deteniéndome.

—No seas zacatón, ¿a poco te vas a rajar? –me cuestionó- ¿tienes miedo de ir al panteón?

En ese momento, la mirada de Juancho era algo así como la mirada de Torquemada.

—A como serás bruto –contesté tragando saliva- si no es por eso, y para que veas que no tengo miedo, yo voy a contar una historia de parecidos que nadie se sabe –dije envalentonado, aunque a decir verdad no me sabía ninguna historia que ellos no se supieran.

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Retomamos el camino para encontrarnos en el panteón con los demás que seguro ya estaban ahí…al menos eso esperaba.

La mano pachona

Chinto platicó una historia de una señora a la que habían desenterrado para cortarle los dedos y robarle los anillos, el Chanate el de la señora que se aparecía en el viejo camino rumbo a “Los Mezquites”, decían que cuando uno se detenía para abrir la cerca de leños y se subía de nuevo a la camioneta, la señora ya estaba ahí muy dentada en el asiento del copiloto. Marquiño contó la leyenda del niño que se aparecía en la escuela porque antes ahí hubo una noria y que él se había ahogado mientras jugaba en el recreo y regresaba a buscar amiguitos para llevárselos a jugar, ¡pero al pozo de la noria!

—Pérense, pérense, -dijo Juancho- que este dice que tiene una historia que no conocemos ¿Verdad? –dijo señalándome.

Tomé aire, y con la mente en blanco comencé a improvisar:

—Dice el tío Teodoro, que hace muchos años, a un hombre al que le dio un ataque, lo trajeron a enterrar, a este panteón, y miren lo que son las cosas, fue en una tumba cercana a aquí a donde estamos, el problema es que todos estaban equivocados, hasta el médico que había lo había dado por muerto, estaba en un error, pues el pobre hombre ¡había sido enterrado vivo!

Tenía a todos con los ojos desorbitados, tragando saliva, por lo que sus rostros me animaban a seguir con la improvisada historia.

—¿Y cómo se dieron cuenta que estaba vivo entonces? –preguntó el chanate-

—No, nunca se dieron cuenta, fue hasta unos días después cuando uno de los enterradores del panteón se encontró la tumba con una mano de fuera, dicen que cuando escarbaron y abrieron el féretro, se veía claramente como la parte interior de la caja mortuoria estaba arañada y llena de sangre, el cadáver estaba sin uñas pues las había perdido en su desesperación por intentar salir.

—¿Y no pudo gritar cuando le echaron la tierra?  -cuestionó Américo-

—No –contesté bajando la voz- pero dicen que por las noche, si guarda uno silencio, se puede escuchar muy clarito el grito del hombre…shhhh, escuchen…

Todos guardaron absoluto silencio, podíamos escuchar nuestras respiraciones y un grillo a lo lejos, cuando se pronto…  ¡ME LA VAN A PAGAR ¡ -escuchamos un grito que nos hizo brincar del susto.

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—¡Ay mamacita chula! –gritó histérico Juancho mientras salía corriendo.

—¡Amá!, -gritó uno más poniendo los pies en polvorosa.

—¡Me lleva el muerto, me lleva el muerto! – gritó otro.

—Se salió el muerto, se salió el muerto –gritaba el Chanate a quien vi brincar la cerca del panteón en dos zancadas.

No sé ni cómo llegué a la casa, pero no creo haber hecho más de cinco minutos de regreso, entré a la casa cuando me interceptó la abuela Licha.

—Ora tú, ¿pos que trais? –me preguntó- vienes más pálido que una cera de vela.

—Nada abuela, estoy bien, estoy bien –contesté dirigiéndome a mi cuarto a dormir, bueno, más bien a quedarme con el ojo pelón toda la noche mientras escuchaba los latidos de mi propio corazón.

Un muerto muy vivo

Al día siguiente, al despertar, escuché voces en la cocina, fui a ver de qué se trataba, al entrar vi como la abuela Licha me atravesaba con la mirada.

—¿Así que fue éste junto con sus amigotes Don Diógenes? –preguntó la abuela al visitante.

—Esos meros Doña Licha –contestó- y vengo a avisarle, porque pa la otra ya no será una advertencia, los llevo a la comandancia de policía.

Diógenes se retiró y la abuela volteó a verme.

—No gana uno para vergüenzas –me dijo.

—Abuela, yo no sabía que íbamos a ir a…

—Mira que asustarse con Diógenes y salir corriendo, bola de zacatones, pa eso me gustaban –me interrumpió.

—¿Diógenes…Diógenes fue quien nos asustó abuela? –pregunté.

—Pos quien más, ni modo que un muerto, ay mijo de veras que, de veras, ¿tener miedo de los muertos?, ay mijo, de quien hay que cuidarse es de los vivos, porque los muertitos así están y ya, mire que hay de vivos a vivos, y entre ellos muchos vivales, ándele póngase ropa de trabajo y se me va por sus amigotes, y luego se van al panteón.

—¿al panteón abuela? –dije pasando saliva.

—Si, al panteón, que ya le prometí a Diógenes que lo van a ayudar a limpiar de hierba algunas tumbas.

—¿Gratis abuela? –pregunté.

—Si, va a ser gratis, Diógenes no les va a cobrar un solo quinto por enseñarlos a quitar hierbas y emparejar tierra ¿cómo la ve?

Ese sábado me fui con los muchachos a trabajarle a Diógenes gratis, a Diógenes que resultó ser un cuidador de muertos muy, pero muy vivo.

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