En México, y en muchas partes del mundo, existe un debate sobre por qué a algunos fenómenos son referidos en otros idiomas cuando existen palabras locales que definen el peligro del que se está hablando. No se trata de distorsionar el idioma ni ser “malinchistas”.

Antes, ¿Por qué es importante comprender este lenguaje y adoptar el nombre de los peligros de forma universal?

Simplemente, porque en cualquier país del mundo, siempre existirá el riesgo de que ocurra un desastre y parte de su gestión (cómo evitarlos o que su impacto sea mínimo) incluye un apropiado lenguaje y la forma de comunicar múltiples peligros entendiendo conceptos importantes como riesgo, peligro, exposición y vulnerabilidad.

Y como en columnas previas, retomo conceptos clave para tener un mejor panorama de lo que se está hablando:

Riesgo de desastre: es la probabilidad de generar daños, tanto materiales como a la vida, cuando se está expuesto ante un peligro dado. El  Riesgo se puede comprender con esta “fórmula”: R = Peligro x Exposición x Vulnerabilidad.

Peligro: es la probabilidad de ocurrencia que un agente perturbador potencialmente dañino, de cierta intensidad, durante cierto periodo e un lugar determinado. El potencial del peligro se mide por su intensidad y periodo de retorno. (Peligros: sismo, ceniza volcánica, lahares, tsunami, ciclón, tormentas, granizo, meteorito, etc.)

Ejemplo: en una erupción volcánica, como en la foto portada del Volcán de Colima, los peligros que se observan son la columna eruptiva, las oleadas piroclásticas. Meses después se generó un lahar (flujo de lodo) durante las lluvias por el huracán Patricia.

Exposición: es la cantidad de personas, bienes, valores, infraestructura que puedan ser susceptibles a ser dañados o perdidos; estas pérdidas pueden ser tanto materiales, pero más importante, pérdidas humanas.

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Ejemplo: las comunidades más cercanas al Volcán de Colima son las más expuestas.

Vulnerabilidad: es qué tan susceptible o propenso de que un bien o la vida pueda ser afectado y parte de la vulnerabilidad está relacionada con el conocimiento de cómo nos afectan los diversos peligros que pueden ocurrir en nuestro entorno (ya sea lugar de residencia o lugar que visitemos).

Ejemplo: una casa construida en una barranca que desciende el V. de Colima, puede verse seriamente afectada por flujos piroclásticos, derrames de lava y lahares. También se es vulnerable si se desconoce todos los conceptos previos.

La erupción del Nevado del Ruiz, Colombia, durante noviembre de 1985 fue uno de los ejemplos de la mala gestión del riesgo.

Especialistas habían advertido del aumento en la actividad de este célebre volcán y que uno de los peligros asociados, como los lahares, podrían hacerse presentes. Poco o nulo caso se hizo por parte de las autoridades locales creyendo el tamaño de la erupción o un aumento más notable de su actividad, además de la lejanía de la ciudad (+50 km), sería un indicativo definitivo para tomar en cuenta y prevenir a la población; finalmente, el desastre llegó el 13 de noviembre cuando una explosión -moderada a fuerte- arrojó fragmentos incandescentes produciendo flujos piroclásticos que fusionaron alrededor del 10% de un gran glaciar. A los pocos minutos, 30 millones de metros cúbicos de agua se combinaron con cenizas depositadas de erupciones previas y generaron un lahar (flujo de lodo) estimado en 60 millones de metros cúbicos que descendieron por las barrancas y cauces de ríos que nacen en el volcán.

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Imagen: Más del 80% de la población de Armero murió por el gran lahar.

El resultado fue la muerte de más de 25,000 personas entre las ciudades de Armero y Chinchiná dejando también más de 3000 heridos, 150,000 personas afectadas/desplazadas, perdidas económicas superiores a los 250 millones de dólares, miles de cabezas de ganado perdidas y cientos de hectáreas de cultivo inutilizadas.

Ahora, imaginemos un escenario eruptivo similar con la diferencia de que esta vez sí se tomaron todas las medidas preventivas para la población advirtiendo la inminente generación de flujos de lodo por una explosión. Todos los hispanoparlantes entenderán el concepto de “flujo de lodo” y tomarán medidas de prevención, pero siempre existirá la posibilidad de que se encuentren turistas de cualquier parte del mundo que no entiendan ese concepto; por ello, la palabra “lahar” engloba universalmente dicho concepto trascendiendo idiomas y culturas para que, independientemente del país de origen, puedan entender del peligro al que podrían ser expuestos.

Lo mismo sucede con “tsunami”: en México y Latinoamérica podemos entenderlo como maremoto, pero turistas americanos, asiáticos, europeos podrían no entenderlo y harían caso omiso de advertencias. Si estuviéramos de visita en cualquier país asiático, ¿Entenderíamos la palabra local para maremoto o flujo de lodo en algún otro idioma?

Imagen: Turistas pudieron tomar acciones preventivas en Indonesia al entender el concepto de la palabra “tsunami” en 2004; lo mismo sucedió en 2008 y 2011 en Chile y Japón respectivamente.

Por esta razón, aunque sean palabras provenientes de otros idiomas, es preferible referirnos a peligros con conceptos internacionales aceptados y que por simple protocolo de Protección Civil debemos estar dispuestos a adoptarlos y adaptarnos; también, más peligros naturales deberían tener una palabra que englobe de forma universal cualquier concepto que pueda causar daño a propiedades o perjudicar la vida de las personas y su entorno.

 

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