Dejemos a un lado fatalismos y/o alarmismos en cuanto a temas sísmicos. Reconozcamos que México es y seguirá siendo -como tantas veces lo he dicho- un país altamente sísmico y evitemos el olvido de la conciencia colectiva. No se trata de acostumbrarnos a los sismos sino a que aprendamos a gestionar el riesgo, el conocimiento es una forma de hacerlo.

Desde la primaria se nos ha enseñado que los sismos se originan por el choque entre placas tectónicas y que estas placas se encuentran en las costas del Pacífico mexicano. Esta información es correcta, pero es incompleta. Los sismos no solo se originan por el choque de placas (sismos por subducción) sino en aquellos lugares donde la corteza oceánica (placa de Cocos) ya está sumergida debajo de la corteza continental (placa Norteamericana) “quebrándose” por los grandes esfuerzos producto de la gravedad que “jala” la placa de regreso al manto tal como sucedió con el terremoto del 19 de septiembre de 2017 cuyo epicentro (proyección en superficie del lugar donde ocurrió el terremoto bajo la corteza) ocurrió en Puebla (el SSN utilizó Axochiapan como referencia de la población más cercana).

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Mapa: miles de pequeños sismos ocurren en México todos los años, no solo en los límites de placas sino dentro de la placa que ya se introdujo (la de Cocos que va cambiando a colores amarillos con la profundidad) al igual que sismos someros en la corteza continental.

Pero aún esta información es incompleta porque los sismos pueden ocurrir al interior del continente lejos de las zonas de contacto entre las placas gracias a tensión que se acumula por cientos, miles y millones de años desde que una placa tectónica choca con otra. Tan solo veamos los Himalaya, una gran cadena montañosa formada por el choque entre la placa Indoaustraliana y la placa Euroasiática. La Sierra Madre Oriental y Sierra Madre Occidental son resultado de esfuerzos tectónicos que fueron originados millones de años atrás y que hoy en día continúa.

Y precisamente, uno de estos sismos que pueden ocurrir al interior del país, sucedió el 19 de noviembre de 1912 en Acambay, Estado de México, con una magnitud estimada en 6.9. Al haber ocurrido en plena Revolución Mexicana muy poco se habló de este sismo el cual es, hasta la fecha, el epicentro de magnitud más grande y cercano a CDMX con solo 90 km al noroeste comparado con los 120 km el del terremoto del pasado 19 de septiembre. Los daños fueron considerables tanto en epicentro como en la capital del país dejando más de un centenar de víctimas.

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Imagen: mapa donde muestra zona de fallas al norte del Estado de México.

Hay varias zonas en el país donde ocurren diversos esfuerzos en la corteza, tanto compresivos y expansivos, que son generadores de sismos (y estructuras geológicas llamadas “Graben” y “Horst”) y decenas de fallas locales, muchas de ellas asociadas a los volcanes que actualmente conocemos, de las cuales se hará un esfuerzo por recapitular las principales. Finalmente recordemos que los sismos forman parte del proceso dinámico del planeta y no es que ahora exista un mayor dinamismo entre las placas tectónicas teniendo más sismos que antes, sino que ahora poseemos más y mejor instrumentación, pero, sobre todo, una mayor fluidez en la información a nivel mundial.

Dicho lo anterior, enfatizó la importancia de tener buenas prácticas constructivas sobre todo en zonas sísmicas conocidas. Todos debemos redoblar los esfuerzos por hacer simulacros con más frecuencia; también es muy importante pedir ayuda a especialistas para hacer nuestros hogares, escuelas, oficinas, etc., más seguras ante los sismos. Recordemos que los desastres NO son naturales, sino sociales por los riesgos que como sociedad elaboramos por ignorancia, falta de ética (constructores) y corrupción.

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