Comunicar es poner en común. Uno comunica sentimientos, ideas, datos… En general el término se refiere a cosas inmateriales, o mejor dicho «impalpables». Cuando son bienes materiales se utiliza mejor el término «intercambio», pero esto no quita que algunos especialistas generalicen y se refieran a «comunicación» para nombrar cualquier clase de interacción.

El ser humano tiene un periodo muy largo de indefensión en comparación con otros animales y por eso debe comunicarse desde que nace. Si el bebé recién nacido, el bebé humano, no llora, se muere pues no sería alimentado ni cuidado. Su llanto comunica a una mamá sensible, sana y bien dispuesta, y por lo tanto es un mensaje para ser entendido por un receptor, un “otro” semejante.

Este es el principio de la vida misma, el rescate de la muerte a partir del primer indicio de comunicación, dado en la relación más fundamental del ser humano: el bebé con su madre. Así se dará el inicio de una relación cuyos visos darán la posibilidad al adulto de comunicarse, y en este espacio entre madre e hijo se dan las peripecias de la comunicación verbal y no verbal.

Por ello la comunicación estará siempre matizada por las experiencias tempranas de nuestra crianza, por nuestras experiencias, nuestro medio ambiente, nuestra capacidad intelectual, lo que se nos ha comunicado a lo largo de la vida… En fin, todo aquello que genera nuestro sistema representacional.

Resulta que no es asunto sencillo y menos aún lo es verdaderamente transmitir todo aquello que ronda en nuestra mente en forma de imágenes, ideas, emociones y sentimientos a través de la palabra, cuando la palabra misma y el lenguaje son, per se, poseedores de múltiples significados. No es lo mismo que yo señale a un perro y diga “perro” a que yo señale a un señor y diga “perro”. Si se dan cuenta el sentido cambia por completo.

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O sea, “explicarse” nunca es fácil, y menos ante una persona que trae su propio sistema representacional. Como decía una colega mía especialista en terapia de pareja: “y luego uno se casa con alguien que ¡ni es de tu familia!”.

Parece broma, y en parte lo es, pero si es verdad que la comunicación y el convivio entre los miembros familiares es difícil, ahora imaginémonos la situación cuando deseamos comunicarnos con alguien que genuinamente viene de otro sistema representacional.

Lo complicamos más aún con otro problema: ¡No escuchamos! Y lo digo muy en serio. Mientras oímos al otro estamos pensando en cómo defendernos de lo que está diciendo, cómo argumentar nuestra posición, cómo contestar rápidamente para ser mejor que el otro, etc.

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Y no sólo en la relación de pareja, entre padres e hijos, o en la amistad, sino también en las discusiones sobre política, futbol, religión y demás. No escuchamos. Yo siempre me propongo un ejercicio: Convencerme de que el otro con el que discuto sí tiene la razón y desde esa seguridad argumenta como lo hace.

Esto significa que el otro discute lo que discute porque en verdad lo siente, lo piensa y lo cree, y desde ahí tiene que tener la razón, su razonamiento debe ser válido, y por lo tanto, validado por mí. Esto me coloca en la posibilidad de suspender mis defensas, callarme tantito y silenciar mi cerebro y su beligerancia, para poder tratar de entender por qué tiene la razón la persona que está frente a mí.

Claro, primero tengo que aceptar que el otro piensa, siente, es inteligente y es distinto a mí, y ello implica despojarme de todo narcisismo y aceptar “la otredad” del otro.

Jacques Derrida, filósofo del posmodernismo, decía que todos somos narcisistas pero algunos aceptamos más la diferencia que otros. Hagamos de ello, de la escucha y la aceptación de la diferencia, un ejercicio cotidiano.

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