Quería poner de título “lo que callamos las mujeres” pero creo que ya me lo ganaron.  Sin embargo esta es una denuncia al silencio y la sumisión de todas nuestras madres. Lo denuncio porque ahora es mi chamba desentrañar con mis pacientes las huellas que este maternaje encubridor dejó en ellos y ellas. Mi labor en ese sentido se vuelve en complicada y críptica gracias a “lo que callaron las mamás”. Resulta ser que nuestras omnipresentes y todo poderosas madres de la infancia nos ocultaron la realidad y ahora no sabemos lidiar con ella. Hicieron como que “aquí no pasa nada” y ¡mangos! Pasaba todo.

Cuento la historia de mi paciente Lucía, quien no sabe cómo ni por qué se metió en una relación donde tolera la ira desenfrenada de su marido cada vez que llega de la calle, mentando madres y quejándose absolutamente de todo; el tráfico, el trabajo, trae hambre, está cansado,  y “¡mira nomas! Tú que en todo el día no haces nada ni siquiera pudiste arreglar la cerradura de la puerta ¡es el colmo! ¿Qué hay de cenar? ¡¿Otra vez Lasagna?! De verdad, qué espanto, tanto dinero que te paso al mes para nada.”

Cuando pregunto a Lucía que cómo era el ambiente en su casa cuando chica recuerda que cordial, amable, pacífico… pasa el tiempo, va haciendo un esfuerzo mnémico y va recordando a un padre que no era tan encantador y bondadoso como ella lo recordaba, sino que era un energúmeno que llegaba a casa a lanzar llamaradas de ira a su mamá, quien lo sosegaba, le frotaba la espalda y le ofrecía un whiskey, manteniendo el silencio y la sumisión “para proteger a los hijos”.

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¡Qué aprendizaje! ¿Por qué no apuntar con un dedo amenazador hacia la puerta y espetarle al  marido gruñón  “te me sales por donde entraste y no regresas si no es con una sonrisa, tu casa no es un basurero, y si a la cantina no llegas  mentando madres, aquí menos”? Pues porque es lo que aprendimos de nuestras madres.

El caso de Cintia es distinto. En ocasiones su esposo y ella discuten;  él le reclama – respetuosa y amorosamente- cosas que siente que no van bien en la relación, con ánimo de que mejoren. Cuando eso sucede ella siente que todo se derrumba, se pone muy nerviosa y piensa que él la va a dejar. Ante mis cuestionamientos arguye que su madre y su padre nunca discutieron, tuvieron una relación perfectamente armoniosa y sin conflictos, por eso ella se angustia tanto al discutir con su esposo, pues lo vive como algo “anormal”. Obvio yo no podía creer que el matrimonio de sus padres fuera tan “ideal” y la conminé a hablar con su madre. Ella le contó que claro que se peleaban, y acerca de mil temas (dinero, el arreglo de la casa, la crianza de los hijos, las vacaciones y un largo sinfín de etcéteras), sin embargo nunca discutieron nada frente a los hijos.

Repetimos lo que vivimos en nuestra casa, aunque se haya querido “tapar”. Ponerle nombre y apellido nos ayuda a “hacer conciencia” para poder entender los lugares en los que nos vamos colocando.  Es menester dejar atrás los cuentos de Disney, con príncipes y princesas que nunca se pelearon y “vivieron felices para siempre”.

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Historias de “encubrimiento” como estas hay miles. Las mamás tapan la realidad para que los hijos no sufran, y no saben que están privándolos de la experiencia de estar en pareja, de las cosas que genuinamente se movilizan entre dos personas que viven juntas, y despojan a los hijos de tener un contacto directo con un padre que es quien es: simplemente un hombre, con defectos y virtudes.

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Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalí­tica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: 'Mitos del Diván' y 'La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.'

Coautora del libro "Misión imposible: cómo comunicarse con los adolescentes" junto con Martha Páramo Riestra de Editorial Grijalbo 2015