Hace muchos años, en 1854, existía en México una mujer que sufría de hipertricosis, esto es, tenía exceso de vello negro y lacio en la cara y el cuerpo, sus orejas y nariz eran inusualmente largas, y sus dientes eran irregulares. La hipertricosis es también llamada “El Síndrome del Hombre Lobo”. Ella era la mujer barbuda. Había nacido en la sierra de Sinaloa en 1834 y se llamaba Julia Pastrana. Parece que provenía de una tribu india y que, al quedar huérfana, fue acogida por el gobernador de Sinaloa. Posteriormente un americano, M. Rates, vio el negocio y la comenzó a exhibir como fenómeno de circo. Así Julia fue “representada” por uno y otro “manager” por toda la unión Americana y eventualmente Theodor Lent la llevó a  Europa y se casó con ella. Exhibida en ferias y circos, hasta en obras de teatro, Julia también fue sujeto de múltiples exámenes fisiológicos y estudiada por serios investigadores, incluido Charles Darwin.  Theodor la explotaba con fines de lucro y no le permitía salir a la calle. En 1859 queda embarazada y da a luz a un bebé en Moscú, durante una gira, quien falleció a las pocas horas de nacido, seguido por Julia quien sufrió complicaciones postparto.

¡Pero la historia no acaba ahí! Los cuerpos de Julia y de su bebé fueron momificados y explotados por Theodor  hasta 1888, año en que él padece una enfermedad mental.  De ahí las momias van cambiando de manos y de lugares hasta que desaparecen y reaparecen en 1921 en la “cámara de los horrores” de un noruego de apellido Lunds, y así, de nuevo, unos y otros se disputaban el derecho a poseer y a exhibir a Julia y a su bebé en estado de momificación.

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En 2012 la Universidad de Noruega se comprometió a devolver el cuerpo de Julia a México y el 13 de febrero del 2013 los restos mortales de la sinaloense fueron depositados en el Cementerio Histórico del Estado de Sinaloa, en un acto de dignificación y respeto a los derechos humanos.

Esta singular historia me llamó la atención, no sólo porque tiene serias reverberancias con el asunto de la trata de blancas en México, sino porque me hace pensar en el asunto de la mirada. Es claro que Julia era expuesta públicamente para generar sorpresa y espanto en su público, desde un morbo letal, que la convertía en un monstruo-objeto, completamente quebrantada e imposibilitada para tomar las riendas de su vida en sus propias manos, hasta ser un objeto de explotación y enriquecimiento, incluso más allá de su muerte.

  • Desde el nacimiento, la mirada de nuestra madre nos constituye. Es la continuidad de la mirada materna la que compone los límites corporales y emocionales del infante, funcionando como un espejo que refleja una totalidad integrada, un “ser para el otro”, un otro que sí lo está mirando. El niño toma forma en la mirada de la persona que lo mira con cuidado, con ternura y con cariño. Así la madre acompaña a su hijo o hija en el proceso de mirarse a sí mismo y de cuidarse a sí mismo. Si la madre refleja horror, censura, angustia o preocupación, resentimiento o nada (una mirada vacía), el hijo se construirá a partir de esa experiencia y reconfirmará esta sensación en los ojos de otros que sigan mirándolo igual.
  • ¿Se han dado cuenta que cuando un pordiosero se acerca a la ventana de nuestro coche a pedir una limosna no lo miramos? Hacemos como si no existiera. Si llegamos a darle una moneda no lo miramos a la cara, y mucho menos a los ojos. Hacemos eso cotidianamente, al entrar a una tienda y no mirar a la cara a quien nos está vendiendo. Eso es no darle existencia al otro. El pordiosero lo es porque probablemente nunca fue mirado y cuidado, y debe intentar subsistir en las calles, tristemente. Sin embargo esa carencia en la mirada es reencontrada una y otra vez por él o ella, cada vez que se acerca a una persona a pedirle, y ¿qué pedirá? ¿dinero? ¿una mirada? ¿o repetir su historia de ser ignorado y no mirado? Y a nosotros ¿por qué nos amenazará tanto mirar a aquel que está pasándola tan mal? ¿Tendremos miedo a conmovernos? Habremos que pensarlo mucho.
  • Tenemos idea de lo que somos y de lo que hemos sido a partir de estas miradas. Muchas veces un hijo que nace con algún defecto físico y será la mirada de los padres la que lo haga sentir capaz o mermado, amado o resentido. Esas miradas, de espanto o de amor, lo marcarán y determinarán el derrotero de su vida.
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