La importancia de aceptar el dolor emocional

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A continuación les dejo una interesante reflexión del psicoterapeuta Eduardo Sandoval Galván ([email protected]). ¡No se lo pierdan!

Últimamente me he encontrado con pacientes que expresan lo difícil que es sentirse tristes, enojados, desesperanzados, agobiados, que no están haciendo lo que les gusta o simplemente que no saben qué hacer. Cada vez más frecuente es encontrarme con esas preguntas en consulta, ya sea en la intimidad del consultorio o en acompañamientos terapéuticos, donde se juegan un sin fin de variables que fomentan estos discursos de “no saber”; como si el “saber” fuera a quitarles esas angustias.

Me encuentro observando, sobretodo en procesos psicóticos, que una vez resuelta una situación que provoca ansiedad, inmediatamente surge otra que elimina por completo la saciedad de la angustia previa, eliminando el bienestar previamente obtenido. Entiéndase la psicosis como un proceso del pensamiento alterado alejado de la realidad, donde pueden existir, miedos, angustias, obsesiones, alucinaciones y delirios, irracionales y desproporcionados. La psicosis es una enfermedad mental que provoca alteraciones en la personalidad, si bien no todos los pacientes de los que hablo en este trabajo son psicóticos (enfermedades graves de la mente), si he observado que esta dificultad para expresar el dolor y aceptarlo ocurre en tanto en pacientes con diagnósticos psiquiátricos, como en los que no.

Esto me llevó a preguntarme ¿Qué sucede entonces que los pacientes no puedan ser nutridos de manera positiva por un pecho bueno, que inmediatamente muerden el pezon y atacan demandando más saciedad? Me refiero aquí a la búsqueda de gratificación y demanda de esta.

Pienso que nos estamos encontrando con pacientes que no cuentan con las herramientas suficientes para lograr tolerar la angustia, la incertidumbre, la frustración, el displacer, que incluso poder expresar estas sensaciones se convierte en un proceso indescriptible para los pacientes porque “Cómo voy a decir yo que estoy mal, si tengo todo para ser feliz, no me falta nada”.

Entonces le falta la falta.

Esa falta que nunca logramos saciar, pero que tenemos noción de ella, porque alguien en nuestro desarrollo nos ayudó a darnos cuenta que la podíamos experimentar. Incluso eso aquello innombrable, eso que se queda inscrito en nuestro inconsciente, tiene una idea abstracta o borrosa de que algo hizo falta. No es el caso entonces de los pacientes de los que hablo. Hay una falta de falta, porque hay una falta de reconocimiento de que algo falta y que de que está bien que falte. Que es constitutivo y formativo estar en falta, para poder estar en búsqueda de algo. Cuando esta realización parece no existir, los logros y las metas, se perciben faltos de emoción, faltos de placer, faltos de tranquilidad, se perciben planos, sin sabor o color.

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Expresar estas sensaciones en consulta se convierte en una realización que desampara, porque entonces entra en mente la idea de “No he estado viviendo mi vida”, pues de algún modo esa falta de falta, provoca una falta de búsqueda y simplemente acción o descarga, no pensamiento.

Esto acarrea, dolor, tristeza, ansiedad, depresión, pensamientos suicidas, sentimientos de desvalimiento o angustia a derrumbarse, a no poder si quiera buscar o pensar soluciones. Pareciera que entonces hacer consciente que algo nos falta y que no se puede ser “feliz”, esta mal, es impensable e innombrable. A veces por la educación de padres y madres, en otras por las amistades, otras por una idea errónea de lo que es la felicidad (tv, cine, música) exaltada y desmedida, donde hablar del dolor y tristeza o que algo simplemente está sucediendo es culpa del paciente y esta mal y no puede ser, ni debería sentirse así. Error.

Sentirse desvalido, impotente, ansioso, destrozado, deprimido, triste o fracasado o sin saber qué hacer, es normal, saber que existe alguien que puede validar esos sentimientos y que puede apoyarlo, sin negarlos con un “no te sientas triste” es invaluable, pues se le reconoce al paciente que no está loco y que lo que está viviendo aunque se sienta como una locura, no lo es. Es normal y permite su crecimiento.

Por supuesto qué hay de angustias a angustias, de ansiedades a ansiedades, de depresiones a depresiones y consecutivamente, todo en grados. Pero es cierto que al menos en mi experiencia, la existencia de culpa por sentirse mal, es real y es común y sucede. Pienso en una paciente que recientemente menciono en sesión que ella prefería tener un cancer a ser bipolar, pues el cancer era una enfermedad y ella pensaba que la bipolaridad era su culpa. Dentro de la misma sesión la paciente se refería a sí misma como una “niña problema” por sus episodios maniacos y los estragos que estos causaban a su mamá y a ella misma, como si fuera responsable de ellos. De igual modo hablaba de un primo que era adicto y al cual también llamaba “hijo problema”, considerándose ella igual a su primo y considerando la adicción igual a la bipolaridad. Ahí caí en cuanta con la paciente, que ella pensaba que su trastorno y sus crisis eran su culpa o que ella se los había buscado, un poco como sucede con las adicciones, donde existe una responsabilidad en el consumidor. Como si entonces ella fuera la culpable de su trastorno, como si esta no fuera una enfermedad que necesitaba medidas preventivas, pero afín de cuentas una enfermedad.

Esta culpa por saberse enfermo, por saberse desvalido, es algo que he observado constantemente en la clínica. Esta culpa la pienso cómo está realización de no saber que se estaba en falta, esta falta que nos orilla a pensar y analizar las cosas, que nos lleva al crecimiento. Esa falta de consciencia de que no esta mal estar en falta, sino que al contrario es adaptativo y permite al crecimiento en el mundo interno y en lo real.

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¿Pero que provoca esto?

Pensando en mis pacientes y lo que me cuentan en sus historias, he observado dos factores en su desarrollo. Uno, la resolución de conflictos que el paciente hubiera estado experimentando durante su crecimiento, donde los padres o cuidadores no permiten que el niño o niña intente encontrar soluciones y respuestas por si solo, acostumbrándose así a que siempre habrá otro que tome esa responsabilidad por ellos. Dos, la negación de estos conflictos, lo que provoca que el paciente simplemente no reconozca que algo le esta sucediendo y esta provocando displacer, aunque así sea, generando culpa por sentirse de ese modo; esto puede dificultar incluso que el paciente en consultorio sepa que puede pedir ayuda, que pueda confiar y saber que podrá encontrar una respuesta o validez a su sentimiento.

Muchas veces estos factores se pueden encontrar mezclados y se introyectan en el  psiquismo del paciente, provocando así una sensación innombrada de dolor, de culpa, de ansiedad, desesperanza, desvalimiento y miedo, por mencionar algunos, hasta el caso más grave de psicosis, que es una negación completa de la realidad. Pues vivir un dolor psíquico que por años se fue negado, a pesar de ser sentido, crea una falta de realización de falta.

Darse cuenta que se está en falta es doloroso, que esa falta nos sea reconocida y validada, provoca esperanza porque en algún momento podría ser llenada y nombrada. Reconocer que se esta en falta permite un desarrollo y crecimiento tal que el aparato psíquico cambia y madura creando las herramientas necesarias para tolerar el dolor, reconocerlo, validarlo y darse cuenta que no esta mal sentirse en falta, incluso que permite elaborar esos dolores y buscar vías adaptativas para llenar esta.

Ahora bien, me he referido a la falta, como una falta de falta, donde se deniega la existencia del dolor, la cual provoca un malestar psíquico que no tiene una forma, solo es dolor expresado de muchas maneras, insatisfacción, desvalimiento, miedo, angustia, impotencia, adicciones, trastornos, etc. Que de algún modo ayudan al paciente a nombrar esta sensación de falta, pero que al darse cuenta que el trasfondo de esta carencia, es la falta de reconocimiento del dolor, crea un nuevo paradigma en el entendimiento del paciente, saber que esta bien sentirse mal, se convierte en un descubrimiento que puede ayudar a reconocer que el estar en falta es constitutivo y es positivo. Es adaptativo y es sano.

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