El sexo siempre ha sido generador de curiosidad y morbo, sobretodo porque nos incumbe a todos de alguna u otra forma, pues todos poseemos una idea única  y particular sobre la sexualidad propia y ajena. El libro de Jesse Bering “Perv: The sexual deviant in all of us” ( que traduzco como “Perverso: el desviado sexual que cada uno de nosotros lleva dentro” Ed. Scientific American, 2013), nos explica cómo, antiguamente, a las personas que caían en “excesos” sexuales se los denominaba Sátiros y Ninfómanas.

Entrecomillo “excesos” porque ese adjetivo también ha caído en diversas definiciones con el tiempo, pues ¿cómo definir qué es excesivo? ¿Qué cantidad de sexo es normal y cuánto puede ser catalogado como “hipersexualidad”? ¿Con qué vara se mide eso?

Bering nos explica que, por un tiempo se midió lo “normal” como el promedio, y se obtuvo el promedio de orgasmos que una persona tenía a la semana. El informe de Kinsey de 1948 obtuvo como resultado que un hombre americano promedio tenía descargas eyaculatorias (ya sea por masturbación o coito) un promedio de 2.5 veces a la semana. Claro que mucho ha cambiado desde 1948, no sólo nuestra actitud ante el sexo – que ahora es más relajada- sino el internet y la cantidad de información y pornografía que podemos obtener en la privacidad de nuestra habitación.

El estudio de Kinsey sobre las mujeres que salió en 1953 distinguía a las mujeres casadas de las solteras, pues estas últimas tenían un promedio de .5 orgasmos a la semana mientras que las casadas 2.2.  Pero tan recientemente como en 2006 en Suecia, por estudios que tienen que ver con los promedios y la “normalidad,” se decidió que las mujeres que tenían más de 13 orgasmos al mes, y los hombres que tenían más de 17 podían ser catalogados como hipersexuales. Obvio que pensar la adicción al sexo desde esta postura ¡es ridículo!

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No nos hagamos bolas. La adicción al sexo es una de las adicciones más negadas en nuestra sociedad e incluso puede ser validada en el hombre como expresión de virilidad, mientras que en la mujer es muy estigmatizada. La verdad es que, como todas las adicciones, es un desorden que acarrea serios problemas y es motivo de mucho dolor en aquel que la sufre, en su familia y en las múltiples parejas sexuales que el adicto “usa”.

El adicto queda a merced de su dificultad para lidiar con su sensación de vacío, de carencia, y enfrentar sus emociones. No puede pensar y por eso actúa.  A él le queda sólo lo sustitutivo (lo adictivo), que permite obturar, aunque sea por un instante, el hueco, ese vacío que se siente en el cuerpo.

La adicción sexual se manifiesta como un patrón de descontrol en la conducta sexual que se alterna con periodos de calma relativa. Como en todas las adicciones, no falta la negación y la racionalización que permiten justificar las actividades sexuales como “normales” y contingentes.

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El pensamiento obsesivo sexual y las fantasías sexuales son cada vez más necesarias para lidiar con las exigencias emocionales de la cotidianeidad. Es frecuente que se recurra a la pornografía en el internet y que la descarga sexual se deba dar varias veces al día. Las variaciones en el estado de ánimo son comunes, pues la sensación es de ansiedad, depresión, vacío y culpa.

Lo importante a tomar en cuenta para poder definir si alguien tiene o no una problema con la cantidad de sexo que tiene es si está sufriendo por ello. El adicto sexual miente, se esconde, falta a compromisos familiares, laborales y sociales decepcionando continuamente a los demás. Se le olvida recoger a su hijo de la escuela por estar viendo pornografía, o tiene diversas enfermedades de transmisión sexual por no poder tomar las debidas precauciones. Se puede poner en riesgo acudiendo a sitios en zonas de la ciudad en la que residan que son peligrosas, o por tener sexo con extraños. Es una adicción que genera intenso sufrimiento y destrucción tanto en el adicto como en los familiares, especialmente en los esposos o esposas que tienen que lidiar con sus múltiples infidelidades.  Les sugiero ir a ver la película “Shame” (Deseos Culpables, Dir. Steve McQueen, 2011) ¡para entender la crudeza y el dolor de dicho padecimiento.

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