«Ese gallo quiere maíz»: frase atribuida (otras interpretaciones afirman que decía maís o máis) a Porfirio Díaz para referirse a su manera de proceder frente a la oposición durante su gobierno, haciendo saber que en realidad lo que buscaban quienes querían aparecer en los debates de política públicos lo hacían solo por algún sustento o un sueldo.

Ya fuera un personaje político o desde la prensa, cualquier pequeña manifestación de criticar, ir en contra o rebelarse contra el régimen era recibida con una respuesta por parte de este. En ocasiones se llegó a extremos de represión violenta como lo fue la Guerra contra los Yaquis en Sonora, el «mátalos en caliente» en Veracruz, o el caso de Tomochic en Chihuahua.

Por otro lado, no siempre la opción preferida de Díaz era la violencia; esta solo era una de las distintas estrategias con las cuales el gobierno lidiaba con el descontento popular y la disidencia política.

Al terminar su primer periodo presidencial, Díaz llevó a cabo una política de control y lealtad hacia su figura sobre los diferentes grupos del país, incluidos a sus antiguos enemigos. Le resultaba preferente que regresar a los conflictos que tanto habían devastado al territorio mexicano en lo que llevaba del siglo diecinueve.

Historiadores como Paul Garner hablan de la creación de un culto a la personalidad sobre Díaz, misma a la que se tenía que adherir cualquier facción política. En ese sentido podían competir distintos grupos por algún puesto en el poder, siempre y cuando el mediador fuera el presidente. No era absoluto el control ejercido por el oaxaqueño, pero sí fue considerable su fuerte presencia en todos los aspectos de la vida mexicana. La prensa, la iglesia y el ejército tampoco se quedaron atrás, al igual que todo México, en ellos se sintió la presencia del mandatario.

La historia oficial de la posrevolución se enfocó en la opresión y la desigualdad, mientras que los apologistas del porfiriato se centraron en la modernización y ‘paz’ que trajo el dictador a la nación. Ambos puntos que irónicamente parecen contradictorios terminan relacionados con el vasto control que ejerció sobre México.

Los presidentes posteriores hubieran deseado -o, mejor dicho, lo siguen deseando- tener ese poder sobre el país. En silencio así lo soñaban. Algunos se acercaron más que otros, pero al final tuvieron que realizar un intercambio del individuo por la entidad que conocemos como partido político. Ya no eran tiempos de personajes, sino de instituciones, pero el control sobre la nación seguía siendo la principal prioridad.

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Emerio Anaya
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