¿Conoces la importancia que tienen los árboles para el ecosistema? ¿Cuántas zonas verdes hay en tu ciudad? ¿Cuántos bosques quedan aún en el país?

Si te das cuenta, en las ciudades de la República Mexicana las áreas verdes poco a poco han sido sustituidas por complejos habitacionales, empresas o centros comerciales. Y lo más grave es que esto es sólo la punta del iceberg.

Los árboles en los camellones, en alguna plaza pública o parque representan apenas un porcentaje mínimo si consideramos que el ecosistema nacional tiene infinidad de especies endémicas, tanto en el mundo animal como vegetal.

Porque así como los árboles son parte elemental de la supervivencia humana en su uso como combustible y materias primas en muebles o papel, también son un organismo natural encargado de absorber el dióxido de carbono y transformarlo en oxígeno.

Nada más recordemos que el dióxido de carbono -o CO2 como también se le llama- se encuentra presente en la naturaleza y es imprescindible para su equilibrio que se transforme en oxígeno, lo que por lógica nos indica que si no hay árboles suficientes, entonces aumenta la cantidad de CO2 y podemos morir asfixiados.

Y seguro algunos pensarán: ¿Si el CO2 está en la naturaleza, cómo es que no había pasado nada antes con el tema de la contaminación?

En efecto, el CO2 existe y ha existido desde hace miles de años en el planeta Tierra para el equilibrio atmosférico y para mantener una temperatura cálida. Pero a partir de la Revolución Industrial, a finales del siglo 18, la especia humana también empezó a generar CO2 con una rapidez y cantidad alarmante.

Estamos hablando tan sólo de 200 años, en los que los combustibles fósiles como el carbón y el petróleo -y su respectivo proceso de combustión-, además de incendios y la desaparición de los bosques ha provocado que aumente la cantidad de gases nocivos en el ambiente.

El metano, los óxidos de nitrógeno, el ozono y los cloro-fluoro-carburos se elevaron en cantidad y originaron el incremento en la temperatura global, en lo que llamamos el “efecto invernadero”.

¿Por qué hablo de esto? Por el ecocidio que se comete a diario en México. Zonas como la sierra oaxaqueña es ejemplo de esto. En la Sierra Sur, entre San José del Pacífico y San Mateo Río Hondo, hay una cantidad alarmante de lunares de tierra, dejados así por las motosierras y los machetes de los talamontes.

Bosques donde hace algunos años cantaban una infinidad de aves, hoy son cementerio de aserrín, ramas y hojas secas. Hoy sólo sobreviven algunas pináceas, oyamel y algunas cactáceas.

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Los tlacuaches, los armadillos, los venados y los conejos, además de las liebres y tuzas están en peligro frente a la desaparición de lo que antes fue su casa. Ahora, en lugar de estos animales, lo que abundan son las motosierras, los impermeables, latas de comida y trastes de unicel de los taladores.

La madera es la materia prima y sustento de los pueblos de la Sierra Sur. La mayoría de las casas son de adobe, tablas y tabique. En las escuelas hay invernaderos y los maestros enseñan a los niños la importancia de cuidar las montañas, pero un árbol tarda décadas en adquirir una edad adulta, mientras que la tala de los bosques ocurre a diario.

Es un proceso mecanizado, rudo y en la mayoría de los casos ilegal: Los troncos son colocados en los camiones, que maniobran con dificultad en las brechas hasta llegar a los caminos de terracería. El ruido del motor que trabaja a marchas forzadas en las subidas retumba por todo el lugar.

Una vez en la carretera, comienza el viaje con rumbo a los aserraderos. Son decenas de camiones que repiten esto una y otra vez, camiones que llevan cada uno por lo menos 40 troncos. A su paso dejan una estela de humo denso.

Se les reconoce porque además de la madera recién cortada, llevan también placas de otras entidades, sobre todo del Estado de México y no tienen razón social. Su destino final son los más de 5 aserraderos que se ubican en uno de los accesos a Miahuatlán de Porfirio Díaz, a un costado de la carretera.

Las sierras no paran en todo el día, mientras los miles de troncos apilados son reducidos a tablas y leños. Verlos es tan fácil como pasar en automóvil y bajar la velocidad, en plena carretera, a la vista de todos, o de casi todos, porque la tala ilegal parece ser invisible para las autoridades.

Y para terminar este periodismo de vida, un último dato escalofriante: Según el informe anual de la ONU, el ritmo de desaparición de los árboles es alarmante. Las previsiones de los últimos estudios son apocalípticas.

De acuerdo con un estudio publicado recientemente en la revista “Nature”, si proseguimos con el ritmo de deforestación actual, en 300 años no quedará un solo árbol sobre la faz de la Tierra.

El artículo 419 del Código Penal Federal, en el capítulo segundo sobre la biodiversidad, establece que a quien ilícitamente transporte, comercie, acopie, almacene o transforme madera en rollo, astillas, carbón vegetal, así como cualquier otro recurso forestal maderable, o tierra procedente de suelos forestales en cantidades superiores a los cuatro metros cúbicos o, en su caso, a su equivalente en madera aserrada, se impondrá pena de uno a nueve años de prisión y de trescientos a tres mil días de multa.

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Escuchando estos datos y después de un examen de conciencia te pregunto: ¿Eres consciente de cómo somos parte de este ciclo del comercio de la madera y sus derivados? ¿Haces algo para no propiciar el consumo desmedido de madera, papel o combustibles como leña?

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