Voluntad a prueba de bomba

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He dirigido revistas como Men'™s Health, ESPN Deportes y SOBeFiT, pero mi pasión es ver, analizar, diseccionar, eviscerar y disfrutar pelí­culas, tanto en el podcast Finí­simos Filmes como en diversas colaboraciones y columnas. Maté a un hombre en el ring. OK, quizá no, pero serí­a una gran historia'¦

Una de las maneras más efectivas de entender ciertas tragedias es mirarlas a través de los ojos de quienes las vivieron y aprendieron a sobrevivirlas. Es obvio que “vivir para contarlo” es tan sólo el preámbulo de historias más complicadas, donde las respuestas a veces tienen que escudriñarse entre madejas de memorias torcidas por perspectivas ajenas, manipulación de razones, dramatización exagerada de los hechos… todos estos elementos deben quedar de lado para dejarnos una visión clara, una enseñanza.

Cuando la tragedia es provocada por el hombre de manera directa, como en el caso de un atentado terrorista, la tentación es la de tomar partido por el bando afectado. Perfectamente normal, es muy difícil crear empatía con quienes creen que detonar una bomba para cobrar víctimas civiles les pone del lado de la razón. Aquí es donde ‘Más fuerte que el destino’ (‘Stronger’, d. David Gordon Green) se anota el primer triunfo en una larga serie de afortunadas decisiones: concentrándose en dejar de lado las politiquerías para contar la historia de un hombre común cuyo objetivo en la narrativa es muy simple: cruzar una linea de meta al lado de la mujer que ama.

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Suena fácil, pero no lo es tanto: el hombre en cuestión es Jeff Bauman, quien quedó tristemente inmortalizado mediante una foto tomada el fatídico día de 2013 en el que un par de terroristas plantaron una bomba en el tramo final del maratón de Boston. La imagen indeleble de un Bauman aturdido, cubierto aún por el polvo generado por la explosión, con ambas piernas destrozadas y sangrantes, es testamento fiel de que la especie humana puede seguir presumiendo las creaciones más loables y los actos más ruines.

Bauman (Jake Gyllenhaal) se topa con una complicada situación tras el traumático incidente. Pierde ambas extremidades inferiores a la altura de la rodilla y enfrenta un largo y penoso proceso de recuperación. La genialidad de la historia recae en mostrarnos al protagonista como un individuo común, falible y hasta cierto punto simple, que súbitamente es considerado un “héroe” por el simple hecho de no haber muerto en el bombazo. Sus reacciones ante esta nueva vida retratan algo que difícilmente se enfatiza en esta clase de películas: la recuperación física solamente es posible una vez que la recuperación emocional avanza por un curso firme.

Pero ningún hombre es una isla, como demuestra la presencia de Erin Hurley (Tatiana Maslany) en la narrativa. Ella era la ex novia de Jeff al momento del atentado, y él quería reconquistarla recibiéndola en la línea de meta con una gran pancarta celebrando su proeza atlética. Así como Bauman no pidió ser un icono de supervivencia para toda una ciudad, Erin técnicamente no pidió quedar envuelta en el proceso de reconstrucción emocional de su ex a partir de una cruel jugada del destino. Y sin embargo su forma de afrontar los hechos siempre resuenan con ecos de humanidad, duda y honestidad absoluta. En un género que suele abusar del recurso melodramático, la relación entre Erin y Jeff está se entreteje con autenticidad y emotividad genuinas, algo que nos hace desear un final feliz, lejos de esperarlo por mera inercia.

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El ensamble actoral es de primer nivel. Destaca Miranda Richardson como la madre de Jeff, una mujer simple que posiblemente heredó a su hijo la precaria relación con el alcohol, pero que aporta una sensata visión de la triste realidad en momentos clave. Estupendos actores de carácter como Lenny Clarke, Patty O’Neill y Clancy Brown representan los valores clásicos de la clase media bostoniana, con su inquebrantable espíritu de lucha y su temple de hierro en momentos de adversidad. Y el magnífico trabajo del director Green provee a todos con líneas y escenas memorables, personificando a la ciudad a través de sus habitantes como una especie de coro griego.

Pero no nos engañemos: la película le pertenece a Gyllenhaal y Maslany. Él ha ido perfeccionando el rol de hombre común enfrentado a circunstancias psicológicamente adversas desde su auspicio rol en ‘Donnie Darko’ (2001) al punto de que su rostro refleja claramente las vicisitudes que le aquejan sin caer en el posturismo dramático. Ella trasciende sus raíces de carrera en la pantalla chica para adueñarse de cada momento con un módico de recursos efectivos, como quedar callada en un rincón y seguir con la mirada las incidencias, retratando en su rostro lo que nosotros sentiríamos de estar en su lugar. En el papel pueden parecer aportaciones simples, pero la realidad las eleva a la categoría de labor artesanal.

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Al final del día, ‘Más fuerte que el destino’ es todo lo que una película sobre el triunfo de la voluntad humana debe aspirar a ser: auténtica, emocionante y desprovista de una agenda. Hay suficientes filmes que abordan incidentes como el bombazo en Boston desde el ángulo investigativo (‘Día del atentado’, dirigida por Peter Berg el año pasado es sólo el ejemplo más evidente y es sobre este mismo hecho), pero al final del día las enseñanzas se quedan ancladas en los logros de quienes se vieron más afectados por las tragedias. Sus historias merecen ser contadas, sus esfuerzos merecen ser celebrados… y sus metas merecen superarse, una y otra vez.

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