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Me gusta la comida de la Abuela Licha, pero no sus bastonazos. #MiAbuelaEsMiTroll

Eterno admirador de las mujeres y de mi vecinita que acá entre nos, se parece a Salmita Hayek.

Hablo latí­n, latón y lámina acanalada.

Me invitaron a la última pelí­cula de Quentin Tarantino pero no traí­a para la entrada, además no me gusta la sangre, por eso mejor me fui a comprar unos tacos de tripitas.

Si esperas encontrar alguien que escriba bien y bonito, ya te fregaste...yo no'más cuento historias.

El gaaaaaas.

—Así que ya saben, el que no traiga el dinero para el bolo, no podrá festejar el día del niño –dijo la maestra Clementina.

—¿Para cuándo hay que traer el dinero maestra? –pregunto Lulú la lista de la clase.

—A más tardar el día veinte, que hay que comprar todas las cosas y hacer los bolos –contestó la maestra.

—Pos ya estuvo que no me dejan salir del salón –dijo el Chanate suspirando.

—¿Por qué tú? –preguntó el pingüica.

—Pos porque no creo que en la casa me vayan a dar para esto –contestó el Chanate.

El Pingüica y yo solo nos quedamos viendo y no supimos que contestar, sabíamos lo difícil que la estaba pasando el Chanate y su familia, y si, quizá no lo iban a dejar salir del salón para el día del niño.

—¡Abuela, ya vine! –grité como era costumbre al llegar a casa.

—Acá ando en al corral –alcancé a escucharla.

Aventé los libros y cuadernos a la cama y me fui a buscarla.

—Ya vine abuela, ¿Qué hay de comer? –pregunté de inmediato.

—Pero mira que bribón, tú nomás llegas preguntando por la comida, ni siquiera preguntas como está uno –me dijo la Abuela.

—Perdón, es que ya traía un chorro de hambre… ¿cómo estás abuela?

—Aquí desvenando chiles para el sábado que voy a hacer mole.

—¡Que rico abuela!, con lo que me encanta el mole… ¿y que vamos a comer? –pregunté de nuevo.

—Pues a ver que alcanzo a hacer, que todavía no me traen el gas tus tíos y ya se tardaron –contestó.

—¿Eso quiere decir que no hay que comer? –dije en tono de novela.

—No, si de comer si hay,  gracias a Dios, lo que no hay es comida preparada, pero puedes comer plátanos, mangos, naranjas y cacahuates mientras llega el gas.

Creo que nunca había visto pasar el tiempo tan lento, cada tic tac del reloj de pared era un gruñido de mis tripas, y lo peor de todo no era eso, sino que comenzaban a llegar los olores de comida de los vecinos, papas con chile, carne con chile, sopa de fideo, tortillas recalentadas, frijoles refritos, juraría que en ese momento sabía a cuál comida le faltaba sal y a cual no.

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Chocolates gringos.

—¿Cómo van con lo del dinero para el bolo? –nos preguntó el Pingüica.

—Pues ya nomás me faltan como cinco pesos para completar lo del bolo y la comida –contesté.

—¿A poco también van a dar comida? –preguntó el Chanate.

—Pos claro -dijo el Pingüica- dicen que van a dar ensalada de pollo con sopa, galletas y un refresco.

—Uy, pos ni hablar –dijo el Chanate suspirando resignado.

Pasaron los días y poco a poco fuimos completando la cantidad para el festejo del día del niño, la plática principal de la escuela era precisamente el festejo, de lo que comeríamos, si nos iban a llevar un payaso o un ventrílocuo, pero el tema que más se tocaba era de lo que traería el bolo.

—¿Oigan, y si el bolo trae chocolates gringos? –dijo el Quique.

—¿Cuáles son los chocolates gringos? –preguntó el Chanate.

—Pos de esos que venden con las angelitas en la mercería –dijo el Jos.

—Uy, de esos que me pongan unos cuatro –exclamó emocionado el Pingüica.

—Date de santos que te pongan un chocolate presidente –les dije.

Todos tiramos la carcajada excepto el Chanate, quien solo nos vio y dijo:

—No, pos yo ni siquiera uno de esos.

Nos quedamos callados, y es que a pesar de que siempre nos echábamos relajo unos a otros y aguantábamos las bromas, esta vez las cosas estaban fuera de la risa, nos dolía lo que le pasaba a nuestro amigo, pero, pues ¿Qué le íbamos a hacer?, si apenas completamos lo de nosotros.

Bolos en bolsa

Llegó el mero día, y lo mejor de todo es que era jueves y no regresábamos hasta el Lunes, no sé por qué se hacía “puente”, pero se hacía, y la verdad, nosotros lo agradecíamos muchísimo.

Ninguno de nosotros llevaba uniforme, ese día llevábamos ropa de fiesta, la dominguera pues, los zapatos boleados, las niñas bien peinadas, y nosotros peinados con cosas como wildroot, brillantina y otros hasta el clásico limón.

No sé por qué ese día iban a la escuela los niños que no habían pagado lo del festejo, los dejaban cruelmente en el salón haciendo tarea que estaba anotada en el pizarrón, y el que no iba, le contaban el día como falta y le bajaban la calificación del mes, caray como si el no estar en la fiesta del día del niño no fuera ya castigo.

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—¿Ya vieron? –gritó Jos- afuera está el carro del mago Enigma.

—¡Órale!… que padre, ¿y ya lo han visto? –pregunté a mis amigos-.

—No, yo no, pero el nombre suena a que es fregón –dijo el Pingüica.

Hubo tiro de dardos, juegos de canicas, competencias de sacos y otros juegos, en cierto momento nos llamaron por el sonido al patio cívico porque ya iba a comenzar el espectáculo.

Primero inició la Maestra Chita, quien era la Directora, nos felicitó y después pidió un aplauso para la maestra Chela quien era la maestra de ceremonias, esa misma maestra nos presentó una canción con sus alumnos cantando una canción del día del niño… con la tonadita de la canción de la cucaracha.

♪♫ El día del niño, el día del niño, es un día para jugar,

Y los maestros y los maestros, no nos deben castigar ♪♫

 

Mientras escuchaba la canción pensaba en el buen Chanate que estaba en el salón escuchando seguramente el festejo.

Luego vino un sketch por parte del maestro Everardo que se llamaba “El Padrecito Albóndiga”, entremés donde nos reímos muchísimo, pero no tanto por los diálogos o las actuaciones, sino por los errores y los accidentes, a un actor se le caían los bigotes, al padrecito, se le movía la calva falsa a cada rato y finalmente, a la vieja de la iglesia, se tropezó con la falda larga, cayendo encima del supuesto bebé, mientras salía volando lo que traía en la charola.

El mago resulto ser ventrílocuo a la vez, y nos demostró que se puede estar errado en dos profesiones…al mismo tiempo.

Luego, nos pidieron que nos formáramos por grupo, y así las madres de familia que estaban de organizadas con las maestras nos podrían entregar la comida y los bolos.

Primero nos entregaron los bolos, en una bolsa de papel canela, y de inmediato lo que hicimos fue ver lo que traía dentro

—¡Está grandota la canija bolsa! –Exclamó Jos.

—Ha de ser la bolsa de kilo –dijo el Quique.

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—Pos no sé, pero de que está llena, está llena –comentó el Pingüica.

De ninguna manera venían los chocolates gringos, pero si traían muchos cacahuates, una naranja, colaciones, dulces sueltos, chilitos en polvo, un chocolate en polvo, galletas con grajeas, de animalitos, y un par de dulces chiclosos, no sé cómo vea ese bolo un niño de ahora, pero en ese entonces, para nosotros era una maravilla.

Finalmente nos dieron la comida, y efectivamente, fue ensalada de pollo, sopa de coditos con crema, galletas saladas, un chile jalapeño y un delicioso y frío barrilito de sabor.

El Pingüica pidió otro plato desechable para “tapar” su plato porque se lo iba a llevar a su casa, el Jos pidió otra cuchara porque la de él se le había caído al lodo, Quique pidió una servilleta porque “no le habían dado”, y yo aprovechando que todos estaban ocupados, entré a la cooperativa a pedir “prestado” un vaso desechable.

Ese día en particular, disfrutamos mucho la comida, como la de ningún otro festejo que hayamos comido antes, pues entre todos, decidimos irnos a comer al salón para compartir con nuestro amigo el Chanate.

Cuando entramos estaba agachado escribiendo, luego al sentir nuestra presencia y vernos, abrió los ojos y  luego sonrió con sus labios pálidos de que no había comido.

—¡Quiubo!, ¿Qué están haciendo acá? –preguntó mientras veía los platos de comida y tragaba saliva.

—Pos venimos a presumirte –dijo riendo el Pingüica.

No hubo más que decir, el Chanate movió uno de los pupitres y ahí colocamos los platos, luego cada uno de nuestra porción le servimos en su plato, lo mismo hicimos con el refresco en el vaso desechable y las galletas.

Al terminar de comer, fuimos al escritorio de la maestra y vaciamos el contenido de las bolsas de los bolos y repartimos en partes casi iguales,

—¿Qué?, ¿no pusieron chocolates gringos? –preguntó el chanate.

—Pos ni siquiera un chocolate presidente- le contesté.

No sé, pero tengo la ligera impresión de que los días del niño antes se festejaban de una manera diferente, si bien es cierto que había menos cosas, quizá había un poco más de nosotros como personas, no sé, quizá.

¡Hasta la próxima semana!

 

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