Acerca de 

Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalí­tica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: 'Mitos del Diván' y 'La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.'

Coautora del libro "Misión imposible: cómo comunicarse con los adolescentes" junto con Martha Páramo Riestra de Editorial Grijalbo 2015

(Los invito cordialmente a la presentación de mi libro “Una cita sexual con Freud”, ojalá me puedan acompañar el sábado 3 de marzo a las 12:00)

Hace algunos años, presentaba un trabajo sobre psicoanálisis frente a una nutrida y atenta audiencia, cuando quise leer, ad verbatim, unas palabras de Sigmund Freud.  Fue así que, con importante entonación, dije lo siguiente: “…y cito sexualmente a Freud…”  (en vez de “textualmente”)  ¡Ups!

Levanté la mirada de mi texto y quedé atónita frente al público, mientras este emitía sonora carcajada.  Mi amable compañero de mesa me dio una palmada en el hombro y me dijo “no te preocupes, Alexis, es que no hay de otra manera.”

Y es que es cierto;  a Freud sólo lo puedes citar sexualmente, pues es precisamente su teoría sobre la sexualidad infantil y la libido lo que fundamenta el quehacer psicoanalítico, lo que distingue al psicoanálisis de otro tipo de terapias.  De esta manera, si cito a Freud, lo estoy haciendo sexualmente.

Pero existe una segunda interpretación a este equívoco.  La pasión que en mí genera la obra de Freud, su análisis, su estudio y su aplicación en la clínica, evidentemente ponen de manifiesto que ese señor me es importante y que, si hubiera oportunidad, desearía poder tener una cita con él, y ¿por qué no?  Una cita sexual.

Cabe informarles que habría una tercera interpretación a mi desliz (o muchas más) pero que, por no convenir a mis intereses, me reservo el derecho de contarles.

Este “pequeño equívoco sin importancia”  dista mucho de ser insignificante, y pone  de manifiesto la inagotable polisemia de los procesos inconscientes.  De eso da cuenta Sigmund Freud cuando a principios del siglo pasado publica su popular obra “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901). En dicho escrito, Freud describe uno de los fenómenos más frecuentes y poco apreciados de nuestro devenir diario.  Son las llamadas “operaciones fallidas” o actos fallidos.  A pesar de que algunos escritores y filósofos las habían utilizado o descrito antes de la presentación de Freud (Goethe, Schopenhauer y Von Hartmann, entre otros)[1], el término no había sido utilizado hasta que apareció en el mencionado libro.  De hecho, para la traducción de las Obras Completas de Freud al inglés (The Standard Edition) fue necesario acuñar un neologismo: parapraxis.

Anteriormente, estos Lapsus (en latín Lapsus significa “resbalón” o “desliz”), se consideraban producto del cansancio o la fatiga mental, que azarosamente aparecían a través del lenguaje. Es sólo a partir del psicoanálisis que las operaciones fallidas cobran un nuevo y más relevante significado.

Resulta interesante notar que en 1915 Freud comienza sus “Conferencias de introducción al psicoanálisis”[2]  con tres lecturas acerca de los actos fallidos porque aparentemente le pareció el material más apropiado para introducir sus teorías, debido a  su poder identificatorio, ya que casi todo el mundo ha sido víctima alguna que otra vez de un desliz.  Sin embargo, en tales épocas pocos imaginaban que dichos fenómenos son una de las vías regias al inconsciente (junto con los sueños y  el fenómeno de la repetición trasferencial[3]), y que ponen de manifiesto el determinismo psíquico.  Con esto caen por suelo el libre albedrío y la creencia en el predominio de la conciencia, y surge el desvelamiento de aquello que verdaderamente nos mueve: el deseo inconciente.

Es así como se devela lo que Jaques Lacan[4] llama “sujeto”, y que no se refiere a la persona en sí, aquel que comete el equívoco, sino al sujeto del inconsciente que “habla” a través de nosotros en estos sutiles quebrantos del Yo, unificador y represivo, que se halló desprevenido.  “Yo contengo multitudes” dice el poeta Walt Withman, y con justa razón. Hablamos un lenguaje que no nos es del todo propio, pues nos expresamos con la voz impuesta por las figuras que nutrieron nuestra infancia.

Los actos fallidos se dan en una gran variedad de formas.  Los deslices verbales aparecen en el habla o en la escritura, y  cuando alguien lee algo diverso a lo que está escrito se le llama un desliz en la lectura.  Si alguien escucha algo diferente a lo que se le está diciendo se trata de un desliz auditivo.  Una serie diferente de fenómenos tiene por base al olvido temporal de algún asunto, por ejemplo el nombre de una persona que sin embargo conocemos, o cuando olvidamos realizar alguna tarea de suma importancia.  Un paciente mío olvidó recoger de la tintorería el vestido que su esposa necesitaba para un evento en el que ella sería reconocida laboralmente, a pesar de que la mujer le estuvo llamando a lo largo de todo el día para recordarle.  Es evidente que dicho olvido pone de manifiesto la hostilidad y envidia inconcientes que mi paciente sentía hacia el meritorio reconocimiento de su esposa, a pesar de que él decía hallarse contento y orgulloso de ella.

En una tercera serie, falta esta condición temporal y tiene como base el extravío de algún objeto, como cuando alguien guarda algo con mucho cuidado y luego no atina a encontrarlo. Conozco una mujer que guardó tan bien su anillo de compromiso que nunca más volvió a hallarlo.  Lo que confirma su motivación inconsciente, es que ella eventualmente decidió ponerle fin a su matrimonio y esta idea ya se encontraba en ciernes cuando ella escondió la argolla.

Los actos fallidos hacen aparecer motivos o relaciones causales que a veces no parecen tan claras en una primera instancia, pero que logran ser dilucidadas si se los analiza cuidadosamente.  Algunas veces se trata de sentimientos que se encuentran suprimidos por expresar nuestro lado más primitivo e inaceptable, como lo pueden ser los impulsos egoístas, celosos, envidiosos, hostiles y, por supuesto, sexuales.  En una ocasión, un amigo cercano seguía a su pretendida por entre las mesas de un restaurante, absorto por el vaivén de sus caderas.  Al llegar a la mesa ella pide disculpas por pedirla en el área de no fumar y él le contesta: “No te preocupes, no es nalga.”  ¿Quiso decir “no es nada”?  Claro que no es nada, esa nalga lo era todo en ese momento para mi desafortunado amigo, a quien finalmente no le tocó nada de nada.

En otros casos se encuentran en los deslices del habla ciertos vínculos que implican un desplazamiento de una persona o un lugar a otro, y que tienen relación con motivos inconcientes. Así, diremos un nombre en vez de otro porque hemos desplazado los atributos de una persona a otra de cabal parecido o que genera en nosotros cierta disposición emocional, como por ejemplo llamar al novio actual con el nombre del novio anterior, o a una persona, por nosotros menospreciada, con el nombre de un perro (y así hacerle una injusticia al can).  Estos ejemplos son desplazamientos sencillos, pero hay ocasiones en que es menester realizar un rastreo mucho más concienzudo en el que se ven involucradas vivencias del pasado que han sido reprimidas.

Ocasionalmente, encontraremos mezclas interesantes en las que condensamos dos o más palabras, como sucede con esos sueños en los que en un personaje se reúnen características de dos o más personas conocidas (el papá y un profesor, por ejemplo), lo que hace necesario su deslinde.

Uno de los deslices más claros tiene como motivo la transformación en lo contrario, y aquí encontraremos a la negación que afirma un deseo vedado[5], y viceversa, como por ejemplo la conocida frase de un paciente de Freud que dijo: “soñé con una mujer que no era mi madre”.  Una paciente me comentaba lo importante que yo era para ella y lo agradecida que se sentía conmigo por la situación analítica, y así comenta: “Es que eres mi ancla.”  “¿Ancla?” le pregunté asombrada. “Perdón, perdón, quise decir salvavidas.”   Mmm… ¡Qué buena expresión de ambivalencia!

Lo más asombroso del asunto de los actos fallidos es que nuestra vida cotidiana se convierte en el escenario donde ese pequeño equívoco sin importancia hace de cada uno de nosotros un auténtico explorador, capaz de descifrar los enigmas y los vericuetos de nuestro inconsciente.  Así, como dice P. Rieff, “la concepción psicoanalítica hace poetas a todos los hombres, simbolistas incurables que encuentran secretos desconocidos detrás de cada palabra.”[6]

 

BIBLIOGRAFÍA

Ellenberger, H. (1970).  The discovery of the unconscious.  U.S.A.: Basic Books.

Freud, S. (1901 b/1985). Psicopatología de la vida cotidiana (Sobre el olvido, los deslices en el habla, el trastocar las cosas confundido, la superstición y el error), Obras Completas, tomo VI.  Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1916 [1915] /1985). 2° Conferencia. Los actos fallidos, en Parte I.  Los actos fallidos, en Conferencias de Introducción al psicoanálisis,  Obras Completas, tomo XV.  Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1916 [1915] /1985). 3° Conferencia. Los actos fallidos (continuación), en Parte I.  Los actos fallidos, en Conferencias de Introducción al psicoanálisis,  Obras Completas, tomo XV.  Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1916 [1915] /1985). 4° Conferencia. Los actos fallidos (conclusión), en Parte I.  Los actos fallidos, en Conferencias de Introducción al psicoanálisis,  Obras Completas, tomo XV.  Argentina: Amorrortu.

Rodrigué, E. (1996).  Cap. 22.  El libro de los errores, Sigmund Freud. El siglo del psicoanálisis, Vol. I, pp. 370-397. Buenos Aires: Sudamericana.

[1] H. Ellenberger (1970)

[2] Este es el libro más leído de Freud (salvo quizás por “Psicopatología de la vida cotidiana”)  pues las conferencias fueron ideadas para un público amplio y no necesariamente versado en el tema del psicoanálisis.

[3] Fenómeno clínico que se presenta en todo psicoanálisis cuando el paciente trasfiere a su analista afectos que en realidad corresponden a las figuras más importantes de su infancia.

[4] Psicoanalista francés de mediados del siglo pasado.

[5] V. Algarabía 23, enero-febrero 2005, IDEAS: Walter Beller, “La negación y la mente”. pp. 42-46.

[6] Citado por E. Rodrigué (1996). P. 385

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