Acerca de 

Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalí­tica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: 'Mitos del Diván' y 'La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.'

Coautora del libro "Misión imposible: cómo comunicarse con los adolescentes" junto con Martha Páramo Riestra de Editorial Grijalbo 2015

Invité a este espacio a mi colega y amiga, la psicoanalista Sandra Vargas Viault (sandralvargas@gmail.com) porque, al ser ella misma mamá entiende muy bien las necesidades y las problemáticas de la  maternidad. Leámosla:

“Así es; a pesar de que el título puede parecer fuerte o exagerado, es cierto que, a la larga, los niños y niñas sobreprotegidos sufren los efectos de esta forma de cuidado que los priva de un desarrollo normal y los enfrenta al mundo sin herramientas, con fuertes sentimientos de inadecuación, desconfianza y con una autoestima lastimada que los lleva a creer que ellos no pueden con las adversidades de la vida. No obstante, como las secuelas de esta manera de criar a los hijos no aparece en la inmediatez sino hasta llegada la adolescencia y/o la vida adulta, solemos minimizarla e incluso pasarla desapercibida.

Nos escandaliza más ver a un papá o una mamá darle una bofetada a su hijo, que verlos –o más bien, no verlos– impidiéndole hacer cosas por sí mismo o tratándolo de manera inadecuada para su edad. Ejemplos hay muchos: no dejarlos gatear por temor a que se ensucien; vestirlos cuando ya podrían hacerlo solos; hacerles la tarea; no dejar que jueguen rudo… un sinfín de situaciones. Y hemos de aceptar que, en el primer caso –el de la bofetada–, nos dan ganas de llamar al DIF, mientras que, en el segundo, si bien logramos percibir que algo no está bien, lo dejamos pasar, a pesar de que estas acciones u omisiones también afectarán al niño profundamente en su desarrollo físico y emocional.

Todos somos de alguna u otra forma aprehensivos cuando se trata de los hijos, sobre todo con los primogénitos, con quienes nos estrenamos como padres y, como los niños no vienen con manual, solemos preocuparnos de más frente a situaciones nuevas. Aún recuerdo la primera vez que mi hija vomitó; no tardé ni cinco minutos en llamar al médico; o la ansiedad que sentí el primer día que se quedó en la escuela, algo que tomé de manera más relajada con mi segundo hijo, pues la experiencia previa me permitía manejar la situación de mejor forma. Todos tenemos ciertas aprehensiones, aunque cada uno con sus preferencias. Una amiga alguna vez me dijo que yo era muy aprehensiva por que me ponía nerviosa ver a mi hija de dos años subir una resbaladilla que yo percibía como alta e insegura; la misma amiga casi escupe el agua en el momento que su pequeño de cuatro años estaba a punto de meterse un chocolate a la boca –los dulces para ella eran cosa grave, algo que a mí no me preocupaba –. Con este ejemplo quiero mostrar que mientras algunos aspectos despiertan nuestra propia inseguridad, otros no. Es importante recalcar que es común que algunos aspectos y algunas situaciones nos generen temor, pero cuando estas excepciones se transforman en absolutos, en que todo, o casi todo me genera ansiedad, algo no está bien y puede que afecte a mi hijo. Si este es el caso, soy yo quien debe trabajar sus miedos; no les corresponde a los hijos cargar con ellos.

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Está claro que todo padre quiere proteger a sus hijos y está dispuesto a hacer casi cualquier cosa con tal de lograrlo. El conflicto surge, justamente, en los prefijos: la des-protección y la sobre-protección, dos caras de la misma moneda, que lastiman, afectan y perjudican el desarrollo emocional de los pequeños, haciéndolos vulnerables ante las adversidades del mundo. En la vida, continuamente vamos a tropezarnos, equivocarnos, frustrarnos, enfrentar retos y situaciones nuevas. Si no fuimos cuidados de manera adecuada, es muy probable que no sepamos cómo hacerlo; que nos sintamos incapaces. Yo trabajo con adultos, y continuamente veo en el consultorio estos entonces niños a quienes se les cortaron las alas y no se les permitió enfrentarse a los retos del crecimiento y de la edad; a quienes la ansiedad de los papás los paralizó con miedos que no eran de ellos, pero que se volvieron suyos, y ahora los persiguen sin forma ni figura, manifestándose en problemas laborales y sociales; en desmotivación, sentimientos de minusvalía e impotencia, y profundas depresiones al sentir que no pueden enfrentar la vida. Así, fuerte como suena, es la realidad de estos chicos que fueron sobre (o des) protegidos.

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Evidentemente hay circunstancias que acentúan la sobreprotección o la aprehensión, como podrían ser embarazos de alto riesgo, partos complicados, enfermedades, accidentes importantes, alergias, discapacidades, y un largo etcétera. En tales casos puede ser incluso normal que un padre o madre se muestre preocupado por los cuidados de su pequeño. Aun así, mi recomendación sería siempre contar con apoyo emocional, ya que, si bien es comprensible, la sobre-aprensión podría generar dificultades en el niño (vamos, que saliera más caro el caldo que las albóndigas). Pero insisto; estos casos deberán ser revisados de manera particular y no entran dentro de la generalidad que se expone en este artículo.

En este texto me refiero a niños saludables, que no tendrían por qué recibir tratos especiales que limitaran sus potencialidades. Recordemos que en la infancia se abren ventanas de aprendizaje que posteriormente se cierran, y si bien, gracias a la plasticidad cerebral y a los recursos resilientes de cada niño, se pueden recuperar posteriormente ¿para qué obstaculizarles el camino? Si el niño ya esta en edad de comer sólo ¿porqué darle en la boca? ¿cuál es el temor o la justificación detrás de esta conducta? ¿lo hago por él o por mí?… Y ¿si se ensucia?, si se ensucia ¡qué bien! que lo haga ahora que puede, y poco a poco mejorará su motricidad fina. Es justamente en la experiencia que se desarrollan habilidades. Si no lo dejo gatear por temor a que se ensucie y se enferme, estaré limitando todos los beneficios que se adquieren con el gateo por evitar algunos cuantos mocos. Y ¿saben qué? los niños tienen derecho a desarrollarse libremente (aunque nadie llamaría al DIF por que un papá no deje a gatear a su hijo, ¿o sí?).

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Por otro lado, se tiende a confundir amor con sobreprotección. Decimos “lo quiero tanto que no puedo tolerar que corra porque se puede hacer daño”. Quienes nos dedicamos a la disciplina psicoanalítica sabemos que la sobreprotección es una manera de sortear con el odio. Si, amamos y odiamos a nuestros hijos al mismo tiempo; estamos repletos de sentimientos ambivalentes hacia ellos. Es normal, pero, a menos que sean desbordantes, se puede lidiar con este hecho (como cuando tenemos ganas de lanzarlos por la ventana a las tres de la madrugada porque están haciendo un berrinche). Gracias a que nos permitimos pensarlo, no lo actuamos. Pero ¿qué pasa si no se tolera esta ambivalencia? Probablemente un famoso mecanismo de defensa llamado Transformación en lo contrario salga al rescate y, así como su nombre indica, transforme mi odio en amor. Sin embargo, el costo es el exceso, ya que la intensidad no se puede frenar, y es cuando aparecen estos amores y cuidados desmedidos… que son muy sospechosos.

Amar a otro es permitirle crecer, volar, aprender y equivocarse; es llorar, frutarse, incluso enfermar y lastimarse. Únicamente así uno puede asimilar, aprehender y sortear las dificultades en el futuro. Experimentar (de acuerdo a la edad de cada niño) lo equipa, le da herramientas y le permite sentirse capaz y seguro.

Por supuesto que es un tema delicado. He trabajado con mamás y papás a quienes les es muy difícil aceptar que su sobreprotección está maltratando física y emocionalmente a su hijo. Cuesta trabajo aceptarlo ya que comúnmente se trata de un asunto propio no resuelto, que surge de la historia personal y es “más fácil” arrojarlo al exterior (en este caso al niño) para tratar de controlarlo (proyectarlo). Es claro que no hay fórmula mágica para resolver el asunto; solo queda la posibilidad de detenerse a pensar, cuestionar, escuchar y escucharse, actos todos que implican una enorme valentía, y solo así, haciendo frente a nuestros miedos e inseguridades, podemos ofrecer a nuestros hijos la posibilidad, el derecho y la libertad de crecer provistos de un equipo que les sirva para vivir su propia vida, que, muy probablemente, continuará después de la nuestra.

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