Feet of Young family of three on the floor

Acerca de 

Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalí­tica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: 'Mitos del Diván' y 'La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.'

Coautora del libro "Misión imposible: cómo comunicarse con los adolescentes" junto con Martha Páramo Riestra de Editorial Grijalbo 2015

La Mtra. Verónica Alférez[1] (vroalf@gmail.com), psicoterapeuta de niños y adolescentes, va a impartir un diplomado sobre apego y mentalización que creo que nos concierne a todos. Le pedí que nos escribiera un poco sobre este tema, y aquí se los dejo:

Mucho se habla del “apego” en la actualidad y dicho término pareciera que a nivel popular tiene una connotación negativa al usarlo como sinónimo de “dependencia”; sin embargo, desde el ámbito de la crianza, el apego tiene gran impacto en la salud mental de nuestros hijos/as. Justo por eso es muy importante aclarar de qué se trata.

La “crianza con apego” está basada en la Teoría del Apego desarrollada por John Bowlby, quien fue un gran psicólogo, psiquiatra y psicoanalista inglés; y por Mary Ainsworth, una psicóloga estadounidense que realizó grandes investigaciones que dieron profundo sustento a esta teoría.

Bowlby definió la Teoría del Apego como una forma de entender la tendencia de los seres humanos a establecer fuertes vínculos emocionales con determinadas personas, de ahí su importancia cuando nos referimos a  cómo ejercer una parentalidad positiva.

Desde esta perspectiva, podemos diferenciar que, a pesar de que a lo largo de nuestra vida podemos establecer vínculos afectivos con muchas personas, no establecemos vínculos de apego con todas ellas, ya que éste tipo de vínculo se establece sólo con ciertas personas que nos brindan mayor seguridad emocional y nos ayudan a regularnos emocionalmente cuando lo necesitamos.

De acuerdo a Lecannelier (2009)[2], existe un vínculo de apego cuando la persona tiende a buscar seguridad y confort en otra persona en momentos de estrés, siendo la seguridad el rasgo distintivo de este vínculo; lo que implica que la relación posee un carácter necesario de asimetría en donde el niño se apega a su cuidador con fines de seguridad y regulación en momentos de estrés.

Y cuando hablamos de “momentos de estrés”, es muy común que cuestionemos si realmente un niño es capaz de estresarse por algo. Al respecto, podemos agregar que efectivamente los niños desde la más tierna edad se estresan, si consideramos que una conducta estresante es cualquier conducta indicativa de que el niño/a se encuentra en un estado interno de malestar (sueño, hambre, etc.) o afectos negativos (tristeza, rabia, ansiedad, frustración, miedo, etc.). Entonces, cuando el niño se encuentra en este estado de malestar interno tiende a apegarse al adulto a cargo, con objeto de que éste le ayude a solucionar su malestar, situación que favorece la regulación emocional.

De esta manera, podemos entender lo importante que es que como padres estemos presentes física y emocionalmente para nuestros hijos/as, ya que idealmente se esperaría que seamos nosotros las principales figuras de apego cuando nuestros hijos/as se sienten estresados. Sin embargo, ¿cómo podemos comprender, sobre todo en la primera infancia, lo que sienten, piensan o necesitan en determinados momentos?

De acuerdo a Christian Herreman[3], psicoanalista mexicano especialista en apego, el cuidador (madre, padre u otro) activa una disposición a sincronizarse con el menor mediante:

  • la sensibilidad a las señales emitidas por el niño/a cuando se encuentra bajo estrés;
  • la interpretación de dichas señales de forma correcta y el reconocimiento de la necesidad del niño/a;
  • la disposición, que corresponde al deseo de atender las necesidades reconocidas;
  • la competencia, poder atender dichas necesidades de forma adecuada.

A partir de lo anterior, podemos considerar una competencia parental que es indispensable desarrollar para favorecer la conexión emocional entre padres e hijos. En este sentido, estamos hablando de lo que se conoce como Mentalización.

De acuerdo a Gustavo Lanza Castelli, psicoanalista y Presidente de la Asociación Internacional para el Estudio y Desarrollo de la Mentalización, la mentalización se define como una forma de actividad mental imaginativa que interpreta el comportamiento humano en términos de estados mentales intencionales (necesidades, deseos, creencias, sentimientos, etc.). Es decir, la mentalización es imaginar qué es lo que la otra persona está pensando o sintiendo en ciertos momentos. Esta es una actividad que sucede todos los días en la mayoría de los seres humanos; sin embargo, suele pasar de forma automática y por eso a veces es difícil reflexionar sobre aquello que imaginamos y, solemos creer además, que lo que pensamos sobre lo que siente y piensa el otro, es tal cual, y actuamos en consecuencia, olvidando que muchas veces podemos estar equivocados.

Estar conscientes de lo que mentalizamos de los demás, puede ayudarnos mucho en nuestras relaciones interpersonales, incluso con nuestros hijos/as, ya que esto nos facilita ser más sensibles y empáticos.

Cuando nuestro bebé llora, nosotros vamos a su encuentro y tratamos de inferir qué es lo que necesita, ya que el bebé aún no tiene lenguaje ni el desarrollo necesario para verbalizar lo que desea. Nosotros lo cargamos, lo abrazamos y le decimos algo así: “Mi niño, tranquilo… ¡ya llegó mamá! Yo sé que tienes hambre. Ahora te doy tu lechita…” y esto es mentalizar al bebé. Darnos cuenta de lo que necesitan, desean, sienten o piensan nuestros hijos/as y ponerlo en palabras, resulta muy importante para que él/ella pueda empezar a identificar lo que le sucede. Esto es particularmente importante en los momentos de estrés de nuestros hijos/as, ya que cuando nosotros los mentalizamos y ponemos en palabras sus sentimientos de malestar, ayudamos también a que logren regularse emocionalmente.

Los niños/as aprenderán a identificar y expresar sus emociones, así como a ser más inteligentes emocionalmente, en la medida que nosotros como padres los mentalizamos y les devolvemos en palabras esas emociones que inicialmente no saben identificar. Pero para lograr eso es indispensable que nosotros como padres y madres reflexionemos sobre lo que puede haber en la mente de nuestros hijos/as. Para eso, resulta fundamental poner atención a lo que sucede con ellos/as, hacer a un lado nuestros prejuicios y falsas creencias, y tratar de ir más allá.

Por ejemplo, cuando nuestro pequeño/a está llorando porque se niega ir a dormir a su habitación, en lugar de pensar que es un niño “berrinchudo” o “mañosos”, podemos considerar que tal vez tenga miedo a la obscuridad y que por eso no desea irse solo a su cama. Mentalizarlo en este caso es empatizar con su temor y darle valor a esa emoción. No se trata de dejarlo hacer lo que quiera. De lo que se trata es de comprenderlo y de buscar acompañarlo empáticamente en su malestar, lo que nos llevará a buscar formas más respetuosas para ayudarle a regularse emocionalmente. De este modo, en lugar de decirle que es un fastidio que cada noche pase lo mismo, lo que podemos hacer es mentalizar su temor y acompañarlo a su habitación, leerle un cuento mientras lo apapachamos hasta que finalmente se quede dormido.

Cuando mentalizamos a nuestros hijos/as les estamos enseñando también a mentalizar a otros. De esta forma, podemos ver que la capacidad de mentalizar se origina y desarrolla justo a través de las experiencias relacionales principalmente vividas con los padres, como principales figuras de apego. Es decir, cuando el niño/a está bajo estrés y las figuras de apego están presentes para contenerlo/a, para verbalizar y poner en palabras su estado de desorganización, además de dar respuesta oportunidad y adecuada a sus necesidades, se favorece la capacidad de mentalizar, situación que a su vez fomentará el apego seguro de nuestros hijos/as, lo que se traduce finalmente en mayor resiliencia y salud mental.

[1] Lic. Psicología y Mtra. Psicoterapia  Psicoanalítica de Niños y Adolescentes. Mail: vroalf@gmail.com

[2] Lecannelier-Acevedo, F. (2009). Apego e intersubjetividad: influencia de los vínculos tempranos en el desarrollo humano y¡ la salud mental. Segunda parte: la teoría del apego. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

[3] Herreman, Ch. (2015). La Triple Postura: Herramientas para restablecer la seguridad en comunidades, familias y personas. México: Fundación Pro Niños de la Calle, I.A.P.

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