Acerca de 

Psicoanalista y psicoterapeuta de adolescentes y adultos. Docente de posgrado y ex coordinadora del Doctorado de la Asociación Psicoanalí­tica Mexicana, por su interés en la investigación en temas relacionados al psicoanálisis. Autora de diversos escritos tanto académicos como de divulgación y dos libros: 'Mitos del Diván' y 'La compulsión de repetición: La transferencia como derivado de la pulsión de muerte en la obra de Freud.'

Coautora del libro "Misión imposible: cómo comunicarse con los adolescentes" junto con Martha Páramo Riestra de Editorial Grijalbo 2015

Le pedí a la Dra. Gloria Ornelas Hall (Dra.gloria.ornelas@gmail.com http://cendicas.com) que nos escribiera algo sobre la familia porque ella es Médica, Epidemióloga, Sexóloga,  Maestra en Salud Pública,  Miembro Distinguido de la Federación Mundial de Salud Mental y obtuvo el  Premio Nacional de la Mujer 2001. Con estas credenciales no queda duda que tenemos a una invitada muy distinguida en este espacio. Leamos lo que nos preparó:

Ser padres es un proceso natural. Lo hacen todas las especies vivas. La pulsión por la vida es instintiva y lleva a proteger a los críos hasta su madurez, en aras de perpetuar el ciclo reproductor de la vida. Sin embargo, la complejidad de las grandes urbes modernas nos ha distanciado de nuestro instinto.  Nos envuelve un colectivo, entramado en expectativas aprendidas que rigen nuestro comportamiento. Hoy, como padres, no amamos a los hijos desde el instinto básico de la vida, sino desde el “deber ser”.

Si bien es cierto que hacia el interior, todo ser humano está compuesto de un cuerpo físico, uno emocional, uno mental y uno espiritual, si no desarrollamos consciencia (capacidad de auto-observación y análisis) como eje integrador, cada cual actuará sin coherencia o cohesión integral. Cuando externamos este desfase como manifestación de nuestra persona (personalidad), representamos roles sociales incongruentes

Quién entonces es el que ama a los hijos. ¿Amo desde mi cuerpo físico? ¿Amo desde mis emociones? ¿Amo desde la lógica racional? ¿Amo desde el espíritu?  Sin consciencia, no puedo amar de forma integral. Como resultado, muchas veces amamos de todas estas formas, pero en forma desarticulada. El resultado es pues,  impredecible; a veces, incontrolable.

Dos de las premisas que sustentan la paternidad /maternidad son erróneas:

  • Nuestros hijos son “nuestros”; al tenerlos somos responsables de su actuar en la vida.
  • Todos somos iguales

Para poder analizar nuestro actuar como padres, primero tenemos que descargar esta ideación falsa, para soltar la enorme auto-exigencia que nos imponemos con responsabilidades que cargamos a diario. Los padres que leen  este artículo buscando superarse, de seguro no son  los culpables de errores o accidentes de sus hijos. Existe un orden superior que no podemos controlar…llámese, como lo llamemos: destino,  karma,  cosmos o Dios. No controlamos todas las variables, ni puede nuestra buena intención lograr la equidad que queremos. Desde que nacemos todos somos diferentes.

Amamos, como aprendimos a amar. Muchas veces, por no repetir los errores de nuestros padres, oscilamos de un extremo al otro, con reacciones compensatorias. Sin embargo, desarrollando consciencia (lat.: cum- con; scio- conocer) podemos observar nuestro actuar para re-conocernos; ampliar el espectro para entender desde donde reaccionamos; identificar alternativas y poder decidir cambiar.

Al abarcar el contexto que nos envuelve, a través de la consciencia podemos com-prehender el entorno que determinó a nuestros padres y a los padres que les antecedieron, entendiendo, por qué reaccionamos como reaccionamos.

Para la Mercadotecnia, el estudio de los perfiles descriptivos de la población, ha sido invaluable para conocer sus necesidades, sus gustos y preferencias. Con ellos, inicio la tipología de las generaciones, identificadas con características de su contexto histórico.

Generación Silenciosa – antes 1945

La población nacida antes de 1945 se caracterizó por amar desde el miedo. La cultura occidental ya había sufrido una Primera Guerra Mundial y se gestaba la Segunda. Eran tiempos de incertidumbre, crisis económica y cambios de paradigma que enseñaban a los hijos a callar, para sobrevivir. Fueron generaciones duras, rígidas, que dieron prioridad al trabajo, sin paciencia con el dolor o nimiedades causadas por hiper-sensibilidad o auto-complacencia. Los padres amaban desde su propia auto-disciplina y exigencia personal, sin lujos, ni apapachos. A los hijos los educaron con disciplina, exigencia y rigidez, como mecanismos de sobrevivencia en tiempos de miedo e incertidumbre.

Generación de Baby Boomers- 1945-1964

Con el advenimiento de la píldora anticonceptiva, a principios de los años 40 y épocas de pacificación, surge la liberación sexual con su consecuente explosión demográfica. Surge el movimiento hippie en esta época y con él, el sismo de la Iglesia Católica con ruptura hacia dos posturas contrapuestas: una de cerrazón reaccionaria y otra que abre las puertas de la universidad a sus religiosas. El choque entre libertad sexual y represión religiosa gestó una cultura de culpabilidad. Los padres nacidos en esta época educaron a sus hijos desde la culpa, consolidándose en uno de dos polos opuestos: hacia la liberación sexual  o hacia la religión. Hijos nacidos de estas generaciones formaron expectativas que compensaron la  misma naturaleza culpígena que introyectaron. Lucharon por una causa u otra. Todo estaba tipificado como “blanco” o “negro”. Se les educó desde el juicio y el pensamiento crítico, maquilándose los estereotipos sociales como referentes obligados.

Generación X- 1965-1980

La Generación “X” fue educada desde la sobre-protección, respuesta “péndular” a la culpa de la generación anterior. Fueron apapachados, sin límites de contención o encuentro, claros. Son hijos con una gran necesidad de probarse a sí mismos, dada su sobreprotección invalidante. Aman desde su profunda necesidad de validación personal. Son depresivos, sin  motivación interior. Pasan horas frente a la televisión, rindiéndose impotentes, ante los dramas del calentamiento global,  los bombardeos en vivo y las grandes hambrunas. Sobreviven evadiendo la realidad que rechazan, con el abuso de alcohol.

Generación Y (del milenio) 1980-2000

La Generación “Y” abre nuevos nichos publicitarios, dando auge al mercado de la población adolescente. Revolucionan las ventas de moda, música y espectáculos, en torno a la juventud. La individualidad gira en torno al materialismo; las metas, en torno al dinero. Los avances tecnológicos abren su mundo a la comunicación y a la globalidad, borrando diferencias y hermanando clases sociales con los ‘jeans’ y los ‘tennis’. Sin embargo, la apertura continua a mensajes disímbolos, los vuelve una generación ansiogénica. Los hijos nacidos en esta generación fueron educados por los medios y respondieron con ansiedad, mientras sus padres trabajaban, se volvían a casar o reivindicaban su propia adolescencia, desde su inmadurez adulta. Los hijos se formaron con mensajes encontrados, falta de estructura y una apertura tecnológica que los empodera, invencibles.

Generación Z – 2000 y más

Nacen en tiempos del terrorismo y de crisis económica global. Son testigos del desmoronamiento institucional de iglesias, gobierno y creencias personales, así que nada les sorprende; nada les asusta. Ya no creen en las promesas del pasado, que garantizaban: éxito si estudiabas; amor eterno si eras fiel; felicidad si hacías el bien. Sobreviven a través de la enajenación tecnológica. Su validación existencial se disipa por las redes sociales. Sin embargo, no se detienen a profundizar. Nada les importa. Desprecian la realidad temporal y geográfica de la que están desvinculados. Cambian sus valores y generan una nueva ética, que excluye a la familia y a la formación de pareja tradicional. No creen en las normas sociales. Su sociedad existe solo en Internet, donde abren su mente y expresan su propia opinión.

A la luz de esta trayectoria histórica, la paternidad adquiere un nuevo significado. No se cometen errores por incapacidad, maldad o defecto de los padres. Los errores que cometemos con los hijos surgen de nuestra inconsciencia. Se deben a nuestra incapacidad de percibir a los hijos en forma diferenciada, con necesidades y temores independientes a los nuestros.  Es la inconsciencia la que nos hace reflejarnos en los hijos y proyectar nuestros propios, miedos, impotencia, enojo y frustración… y también desde la que pretendemos, amarlos.

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